El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
25 de febrero de 2007 No.607

SUMARIO

bulletPORTADA - El divorcio fe y vida daña a la integridad y a la vida misma de la Iglesia, señala el presidente de la CEM
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Dios y los periódicos
bulletLA VOZ DE LOS PASTORES - Acerca del SIDA y la Iglesia
bulletDOCUMENTOS - «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37)
bulletLa discreción de Dios
bulletLa Biblia está en auge
bulletEN LA ÓPTICA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA - León XIII: «el Papa social» (1 de 3)
bulletDEBATE - ¡Pero qué mal está el mundo!
bulletDICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA - P. Juan González Arintero (1860 – 1928)
bulletJóvenes... y sacerdotes
bulletINTIMIDADES –LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Mi novio es alcohólico
bulletPINCELADAS - Algo más que un diamante

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PORTADA
El divorcio fe y vida daña a la integridad y a la vida misma de la Iglesia, señala el presidente de la CEM
Entrevista exclusiva El Observador / Zenit
El obispo de Texcoco, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) y vicepresidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), monseñor Carlos Aguiar Retes, vislumbra un tiempo de gracia con la celebración de la Quinta Conferencia de CELAM a celebrarse del 13 al 31 de mayo en Aparecida, Brasil.

¿Qué esperanzas tiene el episcopado mexicano sobre la Quinta Conferencia de CELAM?

Esta Quinta Conferencia se está preparando en unos momentos en los cuales vivimos serenidad de parte de los episcopados de América Latina; serenidad no exenta de realismo: no que estemos contentos con lo que estamos viviendo, sino que hay, internamente, en la Iglesia un clima de unidad y de comunión que, quizá, no se veía en las anteriores cuatro conferencias.

Los principales desafíos a los que se enfrenta la Iglesia latinoamericana, ¿cuáles son?

El enemigo más grande a enfrentar es al interior de la propia Iglesia y se llama divorcio fe y vida. Esto ha sido señalado desde la primera Conferencia General en Río de Janeiro. Explícitamente fue señalado en Medellín, en Puebla y en Santo Domingo. El divorcio fe y vida daña a la integridad y a la vida misma de la Iglesia y la debilita para enfrentar su misión.

¿El tema del discipulado que centra la Conferencia, responde a superar este divorcio?

La verdad que estamos muy contentos con el tema de fondo, pues toca a la persona y ya no al contexto. Del contexto ya tomamos conciencia. Ahora el tema nos convoca a fortalecer la vida interna de la Iglesia, no para contemplarnos a nosotros mismos, sino para afrontar los desafíos que tiene el mundo de hoy.

¿Qué dirección habrá sobre la formación sacerdotal en la Quinta Conferencia?

Yo creo que va a tocar de manera directa tanto la formación permanente del presbítero como su formación inicial en el seminario. Hay numerosas vetas que tenemos que descubrir para potenciar la capacidad de formación de los seminaristas como discípulos del Señor y como comunidad de discípulos. El punto clave es que la formación debe de atender la «bajada» de la mente al corazón. Por muchos años se acentuó el aspecto académico de la formación de los sacerdotes. Sin dejar de ser esto importante, de-be ahora preocuparnos que lo que entre en la mente sea interiorizado y vivido en la conducta de cada uno de los seminaristas.

Volvamos —si me lo permite— al divorcio entre fe y vida pública. ¿Será la Quinta CELAM un revulsivo para relanzar a los católicos a buscar ocupar el lugar que nos corresponde, por ejemplo, en la política?

Éste es uno de los temas centrales. El futuro de América Latina depende, en buena medida, del papel que jueguen los líderes políticos con convicciones católicas en la transformación de la realidad. El discípulo no es solamente aquel que va a Misa los domingos o que de alguna forma se compromete con el culto, sino el que lleva en su corazón las convicciones del Evangelio y actúa, conforme a su conciencia y a su fe, en todos los órdenes de su vida. Va a haber, sin duda, una fuerte atención de los obispos y los expertos sobre este tema fundamental, herencia, por otra parte, de casi dos siglos de influencia en América Latina del pensamiento liberalista.

EL OBSERVADOR 607-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Dios y los periódicos
Por Jaime Septién

Dios cada vez parece ocupar un lugar menos visible en la prensa de hoy. Pero, solamente, «parece». Está presente cada día, a cada hora, en los periódicos impresos y en los digitales. Cierto que lo está de manera negativa. Pero constata (como la encuesta que presentamos en la página 13 de la edición impresa) que a los medios sensacionalistas les encanta hablar (mal) de Dios y de los católicos en particular.

Acabo de leer un espléndido libro del periodista catalán Antoni Coll (Dios y los periódicos, Planeta + Testimonio, Barcelona 2006) en el que, a través de la figura de un redactor de cierre (de los que se quedan por la noche a «cerrar» la edición del día siguiente), llamado Nicodemo (como el que visitaba a Jesús de noche), muestra tanto las tonterías como el interés que hay en los periódicos por Dios y la religión cristiana. Aprovecha para recordarnos —con el papa Juan Pablo II— que como católicos, podemos jugar nuestras barajas sin vergüenza, pues estamos del lado de la Verdad. Lo que importa es que se nos quite el miedo; que sepamos comprender la miseria propia y la ajena, asumirla y, desde ahí, atender a la llamada de Jesús que no es otra que la llamada comprensiva, culta y leal del amor.

Como lectores de periódicos, como radioescuchas, como televidentes, los católicos estamos obligados a dos cosas: a buscar los medios que se funden en la verdad y a defender a aquellos que se dedican a difundirla. ¿Cuántas veces no he oído gente que me dice, por citar un ejemplo personal, que El Observador debería sacar más morbo y menos doctrina? ¡Y se trata de gente «muy católica», de los de Misa los domingos y confesión por Cuaresma! El problema es que los católicos hemos caído, también y redondos, en las redes de un periodismo en el que no hablar de Dios nunca es sinónimo de profesionalismo. Los que hablan de Dios son chafas, disminuidos, poco creíbles y tendenciosos.

¿Se puede ser «tendencioso» defendiendo la vida, la familia, el bien común, la paz y la justicia? Claro que no. Se puede ser aburrido, solemne, oloroso a viejo, pero «amarillista» jamás. El libro de Coll es un alegato lúcido, divertido, profundo de las ventajas de la fe que, como decía Santo Tomás, nunca está en contradicción con la razón, sino en complemento y perfeccionamiento de la misma. Los periódicos que acusan todos los días «la muerte de Dios» y escriben la vida de la sociedad «como si Dios no existiera», cometen un error garrafal. Lo que nos están pidiendo, en el fondo, es que estemos de acuerdo con ellos en que es posible «pensar como si no se pensara» o «vivir como si no se viviera».

EL OBSERVADOR 607-2

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LA VOZ DE LOS PASTORES
Acerca del SIDA y la Iglesia
Por Rodrigo Aguilar Martínez, obispo de Tehuacán

Se ha hablado del SIDA como la epidemia del siglo XX; algunos comentan que lo más grave está por venir. Considero que no son pesimistas, si vemos que la tendencia en la transmisión del SIDA no ha dejado de aumentar, a pesar de su gravedad y de todos los programas que se han implementado para erradicarlo: a nivel mundial, se calcula que en los 25 años que se conoce el virus, han muerto más de 25 millones de personas y más de 42 millones están infectadas. En nuestro país, México, cada día lo contraen siete mil personas. Puebla es uno de los estados con más casos de SIDA en el país.

El virus —que frecuentemente se menciona como VIH por las iniciales de «virus de inmunodeficiencia humana»— tiene tres modos de contagio: 1º por relaciones sexuales, 2º por la relación materno-filial durante el embarazo y la lactancia, y 3º por medio de contacto con sangre contaminada (sea en transfusiones, sea también con jeringuillas, por ejemplo al compartir la droga).

Promover campañas de esterilización o abortivas no es la solución al problema del SIDA. Un problema no se resuelve provocando otro problema. El SIDA no se puede resolver acabando con la vida de seres humanos inocentes, sino promoviendo campañas a favor de la educación y de la salud de las personas. En lugar de destinar recursos económicos a campañas de esterilización y pro-abortos, conviene destinarlos mejor para campañas a favor de una auténtica educación y de mejores servicios de salud.

Publicidad engañosa

Por otro lado, es una publicidad engañosa asegurar que el uso del preservativo evita la transmisión del SIDA. El condón no protege al 100% del SIDA en las relaciones sexuales. Hay muchos estudios científicos que lo demuestran. Son diversas las razones: mal uso del condón, frecuentes roturas o la porosidad del látex, el pequeñísimo tamaño del virus, junto con las frecuentes circunstancias del abuso del alcohol o las drogas. De modo que el preservativo no elimina el riesgo de contagio. En materia sexual, lo que asegura al 100% el no contagio es la continua fidelidad con una persona no contagiada. Uganda es el mejor ejemplo para probar que la abstinencia y la fidelidad son armas poderosas para combatir el SIDA: En los años 80 la cifra de infectados por el virus en ese país llegaba al 30 por ciento de la población. Actualmente sólo un 6 por ciento de los más de 26 millones de habitantes está contagiado por el SIDA.

Pero mientras haya personas contagiadas de SIDA que no admitan ni den a conocer su propia enfermedad de SIDA; o personas no contagiadas que se rían de los cuidados preventivos y estén dispuestas a jugar con el riesgo de contagio a cambio de unos minutos de placer, el SIDA seguirá progresando.

La Iglesia no tiene la culpa

Se ha criticado que la postura de la Iglesia católica ha provocado que el SIDA no se elimine y, por el contrario, aumente. Sin embargo, en México y en el mundo entero la Iglesia católica es una de las instituciones que más ha trabajado por vencer el SIDA, y por ayudar a quienes lo han contraído y a sus familiares. En los próximos días se tendrán programas en este sentido en la diócesis de Tehuacán; usted puede acudir a su parroquia para pedir más información.

¿Qué sucede si una persona ha contraído el SIDA? Puede usted preguntarse. El SIDA sigue siendo incurable totalmente. Desde 1996 ya se cuenta con tratamiento antirretroviral, pero es costoso, además de que su beneficio es que no se siga reproduciendo el virus y que quien esté contagiado pueda prolongar su vida como enfermedad crónica; en cambio, quien se ha contagiado y no recibe ningún tratamiento, en unos 6 o 10 años experimenta el desarrollo del SIDA y fallece.

Usted tiene la palabra para sumarse al combate eficaz contra el SIDA, mediante programas de salud y educativos. Es importante la labor preventiva; pero también la atención a quien ya está infectado: es persona humana, que tiene la misma dignidad de todo ser humano. Haya sido o no responsable del contagio contraído, tiene derecho a una vida digna. Merece nuestra comprensión y ayuda.

EL OBSERVADOR 607-3

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DOCUMENTOS
«Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37)
Mensaje del papa Benedicto XVI para la Cuaresma 2007

¡Queridos hermanos y hermanas!

«Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Éste es el tema bíblico que guía este año nuestra reflexión cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquél que en la Cruz consuma el sacrificio de su vida para toda la humanidad (cfr. Jn 19,25). Por tanto, con una atención más viva, dirijamos nuestra mirada, en este tiempo de penitencia y de oración, a Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de Dios. En la encíclica Deus caritas est he tratado con detenimiento el tema del amor, destacando sus dos formas fundamentales: el agapé y el eros.

El amor de Dios: agapé y eros

El término agapé, que aparece muchas veces en el Nuevo Testamento, indica el amor oblativo de quien busca exclusivamente el bien del otro; la palabra eros denota, en cambio, el amor de quien desea poseer lo que le falta y anhela la unión con el amado. El amor con el que Dios nos envuelve es, sin duda, agapé. En efecto, ¿acaso puede el hombre dar a Dios algo bueno que Él no posea ya? Todo lo que la criatura humana es y tiene es don divino: por tanto, es la criatura la que tiene necesidad de Dios en todo. Pero el amor de Dios es también eros. En el Antiguo Testamento el Creador del universo muestra hacia el pueblo que ha elegido una predilección que trasciende toda motivación humana. El profeta Oseas expresa esta pasión divina con imágenes audaces como la del amor de un hombre por una mujer adúltera (cfr. 3,1-3); Ezequiel, por su parte, hablando de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado (cfr. 16,1-22). Estos textos bíblicos indican que el eros forma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. Desgraciadamente, desde sus orígenes la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible (cfr. Gn 3,1-7). Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo, y se convirtió en el primero de «los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hb 2,15). Dios, sin embargo, no se dio por vencido, es más, el «no» del hombre fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda su fuerza redentora.

La Cruz revela la plenitud del amor de Dios

En el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán. Bien podemos entonces afirmar, con san Máximo el Confesor, que Cristo «murió, si así puede decirse, divinamente, porque murió libremente» (Ambigua, 91, 1956). En la Cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros. Efectivamente, eros es —como expresa Pseudo-Dionisio Areopagita— esa fuerza «que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman» (De divinis nominibus, IV, 13: PG 3, 712). ¿Qué mayor «eros loco» (N. Cabasilas, Vida en Cristo, 648) que el que trajo el Hijo de Dios al unirse a nosotros hasta tal punto que sufrió las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propias?

«Al que traspasaron»

Queridos hermanos y hermanas, ¡miremos a Cristo traspasado en la Cruz! Él es la revelación más impresionante del amor de Dios, un amor en el que eros y agapé, lejos de contraponerse, se iluminan mutuamente. En la Cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como «Señor y Dios» cuando puso la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor. Se podría incluso decir que la revelación del eros de Dios hacia el hombre es, en realidad, la expresión suprema de su agapé. En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. Jesús dijo: «Yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí» (Jn 12,32). La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es, ante todo, que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Aceptar su amor, sin embargo, no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo «me atrae hacia Sí» para unirse a mí, para que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor.

Sangre y agua

«Mirarán al que traspasaron». ¡Miremos con confianza el costado traspasado de Jesús, del que salió «sangre y agua» (Jn 19,34)! Los Padres de la Iglesia consideraron estos elementos como símbolos de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Con el agua del Bautismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad del amor trinitario. En el camino cuaresmal, haciendo memoria de nuestro Bautismo, se nos exhorta a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un confiado abandono, al abrazo misericordioso del Padre (cfr. S. Juan Crisóstomo, Catequesis, 3,14 ss.). La sangre, símbolo del amor del Buen Pastor, llega a nosotros especialmente en el misterio eucarístico: «La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús… nos implicamos en la dinámica de su entrega» (Deus caritas est, 13). Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo 'eucarístico', en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y palabra. De ese modo contemplar «al que traspasaron» nos llevará a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas. Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte cada día debemos «volver a dar» al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado. Sólo así podremos participar plenamente de la alegría de la Pascua. Que María, la Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de auténtica conversión al amor de Cristo. A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os deseo un provechoso camino cuaresmal y, con afecto, os envío a todos una especial bendición apostólica.

EL OBSERVADOR 607-4

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La discreción de Dios
Por Carmen de Hoyos


Nuestro Dios y Señor es infinitamente sabio y todopoderoso. Contempló un sinnúmero de opciones para realizar la redención del hombre. Pudo haber escogido, por ejemplo, el aparecer lleno de gloria, rodeado de sus ángeles, en una incomparable teofanía. Pero no fue así. Prefirió hacerse pobre, pequeño, escondido. Uno de nosotros. Solidario, como nadie, de la humanidad entera. Escogió como Madre a una adolescente sencilla, humilde, totalmente desprendida de sí misma. Inmaculada, porque desde su concepción era totalmente de Dios.

Para nacer, eligió uno de los países más pobres y sojuzgados de ese tiempo. Israel, totalmente dominado por el imperio romano. Y no en Nazaret, la ciudad donde vivía José, quien sería su padre aquí en la Tierra, sino en Belén, la ciudad de David, donde nadie lo conocía. Así se cumplieron las Escrituras.

José tuvo un sueño. Se le dijo que huyera con el niño y su madre a Egipto, ya que Herodes lo buscaba para matarlo. Él obedeció. En Egipto nadie lo conocía. Cuando llegó el momento oportuno, regresaron a Nazaret y el Niño fue creciendo en estatura, conocimiento y gracia delante de Dios y de los hombres.

Su vida en nada llamaba la atención de sus vecinos. Era uno de tantos muchachos que se desarrollaba normalmente en medio de las circunstancias que le tocaba vivir. En todo igual a nosotros, excepto en el pecado.

En Caná de Galilea hizo su primer milagro. Pocos se enteraron del hecho. No hacía falta. Pasó por la vida haciendo el bien. No buscaba nada para sí. Ni reconocimiento ni aplauso. Sólo cuando era necesario hablaba de sí mismo.

Los milagros son signos. Eran necesarios, para que pudiéramos comprender el amor del Señor. Siempre fueron realizados para aliviar el dolor, la miseria, la enfermedad. Para hacer crecer nuestra fe, nuestra confianza y el amor entre nosotros. Pero aun aquéllos que nos pueden parecer más espectaculares o llamativos fueron realizados con discreción y prudencia. «Vayan y no cuenten a nadie lo que ha sucedido». «Vete y no peques más». Y sólo delante de aquéllos a quienes iban dirigidos.

Cuando multiplicó los panes y los peces para cinco mil personas, sin contar las mujeres y los niños, lo hizo porque tenían hambre. Sin embargo, no ofreció un gran banquete. Sólo trozos de pescado asado y pan de cebada, el pan de los pobres. Suficiente para satisfacer el hambre, ya que sobraron doce canastos. Pero nada de lujos ni excesos innecesarios.

Finalmente, cuando llegó el momento, Judas lo entregó con un beso en el Huerto de los Olivos. Pilato lo interrogó. Lo mismo hicieron algunos otros. Sólo respondió cuando fue necesario. «¿Qué es la verdad?», dijo Pilato. Jesús no respondió una sola palabra. Aunque le costara la vida.

Fue condenado a muerte. Una muerte ignominiosa. A la crucifixión acudieron unas cuantas personas: María, la madre de Jesús; María Magdalena; la otra María; Juan, el hermano de Santiago; unos cuantos soldados; algunos otros, acompañando a los otros dos condenados. No muchos podían curiosear. Se los impedían los soldados.

De la Resurrección nadie fue testigo. El hecho sucedió durante la noche, en el silencio, estando los guardias dormidos.

EL OBSERVADOR 607-5

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La Biblia está en auge
Por Adolfo Güémez, L.C. / Buenas Noticias


De viejo fracasado, a padre de la fe. Así titulaba una conferencia sobre Abraham el joven presbítero español Francisco Armengol, L.C., un apasionado por la Sagrada Escritura.

«Politeísta como su padre (cfr. Jos 24, 2). Anciano de setenta y cinco años (cfr. Gen 12, 4). No tenía ni un hijo, ni una tierra. Era un hombre fracasado humana y religiosamente. Hasta que Dios lo llamó...», dijo el religioso frente a un grupo de casi cien personas, congregado en los salones de la basílica de Guadalupe, en Roma.

En una entrevista concedida a Guadalupe News, le preguntaron por qué había tanto interés en la Biblia. El padre Armengol respondió: «Porque todos tenemos sed de Dios. La Biblia no es un libro muerto, es un libro que en verdad llega a lo más íntimo de la persona. Por eso es el libro más leído de toda la historia. Un verdadero best-seller».

Hace unos días conocí a Dillon, un joven estadounidense de 18 años. Estaba de paseo por Europa. Dos días antes de salir me dijo:

— Estoy deshecho. No hemos parado desde hace diez días.

— Llegando a tu casa te repondrás, no te preocupes.

—Sí, nada más que, justo al llegar, tengo la primera clase sobre el Nuevo Testamento, y la verdad es que no me la quiero perder. Ya descansaré después.

Dillon, que estudia una ingeniería en una universidad de Denver, se había inscrito en un curso para jóvenes sobre Sagrada Escritura. «Es apasionante, no puedo faltar», repetía.

En Sudamérica, asimismo, hay una renaciente sed por el texto sagrado. El Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), por ejemplo, ha hecho un convenio con las Sociedades Bíblicas Unidas para formar a diez mil jóvenes misioneros de la Lectio divina. El proyecto tiene como objetivo capacitar jóvenes líderes católicos para que enseñen a otros jóvenes a leer la Biblia. No de cualquier forma, sino precisamente con este método de oración contemplativa tradicional.

También se podría mencionar el interés que suscitan los misales mensuales. Estos libros, junto a los textos litúrgicos, ofrecen meditaciones sobre la Escritura para cada día. Véase, por ejemplo, el Misal Meditación, cuya difusión lleva un decidido ritmo de crecimiento.

Las Escrituras están teniendo un renovado auge. Se trata de una muestra más de que en el corazón del hombre hay una sed de infinito que ninguna realidad material puede saciar: «He aquí que vienen días —oráculo del Señor Yahveh— en que Yo mandaré hambre a la Tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Yahveh» (Am 8, 11).

EL OBSERVADOR 607-6

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EN LA ÓPTICA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
León XIII: «el Papa social» (1 de 3)
Por el padre Umberto Marsich, m. x. / Madrid


Una mirada retrospectiva a la enseñanza social de los papas, desde León XIII hasta Juan XXIII, tiene una fuerte carga motivadora para todos nosotros; en primer lugar, por poder constatar el progresivo acercamiento de nuestra Iglesia a sus problemas y dramas, y, en segundo lugar, por encontrar, finalmente, un mensaje iluminador y una metodología nueva para orientarnos en la práctica de nuestros compromisos sociales.

León XIII: el Papa social (1878-1903). El cardenal Gioacchino Pecci fue elegido papa en el año 1878 y tuvo que suceder al pontificado más largo de la historia, el de Pío IX, el Papa de la famosa encíclica Quanta Cura y del Syllabus, que es un compendio riguroso de 80 condenas. A diferencia de su predecesor, entregado a condenar todos los errores de su tiempo, León XIII, con el fin de relacionarse mejor con el mundo moderno, crea un clima más favorable al diálogo con los hombres de su tiempo. Ya desde el comienzo de su pontificado se perfila una de sus mayores intuiciones, que consiste en la animación del laicado católico para que, operando en los ambientes cotidianos de la vida, lleguen a animar cristianamente, en el plano ético, toda la vida social.

En su primera encíclica, «Inescrutabili Dei consilio», manifiesta su objetivo principal: cristianizar la sociedad y la civilización a través de los valores del Evangelio, es decir, «cristianizar la vida moderna y modernizar la vida cristiana». Objetivo ambicioso, sin embargo urgente, después del largo pontificado inflexible y conservador de su predecesor. En tiempos en que prosperaban fenómenos como el positivismo, el evolucionismo, el idealismo, el marxismo, el capitalismo y el socialismo, etc., todos encaminados a generar un humanismo sin Dios y sin religión, el programa del Papa resultó sin duda arduo y difícil.

León XIII fue un Papa muy prolífico: en sus 25 años de pontificado escribió 51 encíclicas, en las cuales trató un sinnúmero de temas políticos y sociales.

La doctrina política

Desde el año 1870, en el cual las tropas de la naciente nación italiana habían ocupado Roma y despojado al papa de su poder temporal, los papas se consideraban como presos en país extranjero. Esta situación molestó a Pío IX y a León XIII. Para los dos la verdadera «cuestión social», en aquel momento, fue la «cuestión romana», el problema de relación con el naciente estado italiano. Inclusive la prohibición, para los católicos italianos, de participar en la política, o sea, el «non expedit» de Pío IX ratificado por León XIII, fue más bien una acción de represalia en contra de la política italiana, más no de la política en sí. Entre León XIII y el estado italiano las relaciones se mantuvieron ríspidas y de descalificación. El Papa insistía en que se le devolviera el poder temporal, considerado como requisito indispensable para recuperar prestigio internacional y autoridad; sin embargo, su solicitud fue permanentemente desatendida.

León XIII, en materia política, fue claro defensor del estado como institución natural, primaria y original y del poder como obra de Dios. En la encíclica «Diuturnum illud» profundiza el origen divino del poder político. Afirma que Dios ha querido, en la sociedad civil, una autoridad que gobierne a la multitud y reconoce que es condición natural la de vivir en una sociedad dirigida por la autoridad y en vista del bien común.

Con respecto a la relación entre Iglesia y Estado, en la encíclica «Immortale Dei» elabora la teoría de la «cooperación orgánica», o sea, de una estrecha unión entre los dos, porque de ésta proceden paz y prosperidad. El enfoque de una cierta superioridad moral de la Iglesia y de la subordinación del poder temporal al poder espiritual, es indudablemente marcado por León XIII: si un estado, en la concepción de León XIII, no ayuda al hombre en la realización de su fin último, que es Dios, y no defiende las leyes morales que le permiten alcanzarlo, traiciona su propia finalidad y esencia (Encíclica «Sapientiae christianae»). En la sociedad, a la Iglesia le corresponde el bien espiritual y al Estado el bien material, pero los dos hacen la felicidad del hombre y se relacionan como materia y forma, como cuerpo y alma. Un estado que no permitiera la actividad de la Iglesia afectaría su propia prosperidad integral, y una prosperidad sin espiritualidad sería, según él, autodestructiva.

EL OBSERVADOR 607-7

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DEBATE
¡Pero qué mal está el mundo!
Por Antonio Maza Pereda


Yo no sé si he tenido mala suerte, no sé si estoy demasiado sensible, pero últimamente me encuentro casi diario con esta frase. Y me la encuentro, cada vez más, en labios de personas buenas, cuerdas, inteligentes. ¿Qué pasa? ¿Está de veras cada vez peor el mundo? ¿La gente es cada vez peor? Nuestras instituciones, la Iglesia, el Estado, los cuerpos intermedios, ¿están deteriorándose? ¿Está triunfando el mal, y el bien va de retirada? ¿Aumenta el número de los malvados? No sé… pero tengo dudas. ¿De veras va todo peor... o es que hemos caído en una epidemia de pesimismo y desesperanza que no nos deja ver el bien que nos rodea?

Hoy casi da vergüenza declararse optimista. Nos dicen que un optimista no lo sería si estuviera bien informado. Que es un ingenuo, un inmaduro, uno que escapa de la realidad porque no la soporta. Pero, ¿no será que los optimistas ven el bien donde otros estamos incapacitados para verlo? ¿No será que estamos siendo tentados con la desesperanza, con la idea, diabólica, de que a Dios no le importa la humanidad, que no le importa el mal? Porque, de creer al pesimismo reinante, todos vamos derechitos al infierno, salvo una ínfima minoría. Y, según la mentalidad pesimista, o a Dios no le importa o es incapaz de remediarlo. ¿Se puede tener una tentación más fuerte que la de perder la confianza en la misericordia de Dios? ¿La de perder la confianza en que Dios cuida amorosamente de sus criaturas?

Es cierto que el bien no es ruidoso, mientras que el mal es bien notorio. Es cierto que el bien no es noticia y, por lo tanto, no es publicado. El mal llama la atención; el bien pasa inadvertido. En los últimos tiempos, el papa Juan Pablo II canonizó un número extraordinario de santos; más de los que se canonizaron en muchos siglos sumados. Y casi todos ellos, santos que vivieron muy cercanos a nosotros, en nuestra época o en la de nuestros padres. ¿Qué pasó? ¿Se atrevería alguno a decir que estamos en una verdadera era de los santos? Pero es así. Porque, claramente, ni Juan Pablo II ni sus colaboradores cercanos eran ingenuos. No encontraron santos en donde no los había. No redujeron el rigor de los criterios para canonizar a un católico. No fue un capricho del Papa el declarar santos a todos los que canonizó. Fue, sigue siendo, el reconocimiento de una realidad. ¡El bien está aquí! ¡El bien está entre nosotros, muy cerca! ¡Esta tentación de la desesperanza nos está cegando para que no veamos el bien!

¡Hermanas, hermanos, tenemos que sacudirnos esta ceguera! ¡Nos está paralizando! ¡Nos impide ver la labor amorosa de nuestro Padre entre nosotros! Nos hace desanimarnos de la existencia del bien, incluso de la misma posibilidad del bien. ¡Estamos viviendo entre santos! ¡Estamos llamados a ser santos! Esta noticia no la vamos a encontrar en la prensa, en las películas, en el Internet. Hay que buscarlos en la acción modesta y callada de muchos. Incluso en el grito de los que denuncian el mal que ven, porque les importa, porque les parece necesario dar la voz de alarma, les parece urgente la denuncia. Sí, denunciemos el mal. Demostremos que nos importa, que no nos es indiferente. Pero no se nos olvide que el bien existe, que abunda, que está en torno a nosotros. Denunciemos el mal, pero que no se nos olvide anunciar que el bien es muy real.

EL OBSERVADOR 607-8

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DICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA
P. Juan González Arintero (1860 – 1928)
Por Sebastián Sánchez / Argentina


Sacerdote y teólogo dominico español. El P. González Arintero se destaca por su doble condición de científico y teólogo, un ejemplo magnífico de la relación estrecha entre razón y fe. Muy jovencito sale de su pueblo para ingresar en el monasterio de San Juan Bautista de Corias, en Asturias, de la orden de santo Domingo. Años más tarde, advertidos sus superiores de su brillante inteligencia, pasa a cursar Teología en Salamanca, alternándola con la carrera de Ciencias. Allí recibe el Orden Sagrado y comienza a consagrar su vida al ministerio sacerdotal y a la enseñanza de la Matemática, la Química, la Astronomía y la Historia Natural.

Más tarde, enseña y escribe Historia Natural en Vergara (Guipúzcoa), organiza un museo, estudia con óptica cientificista los problemas de la Apologética. Vendrá luego el período en Corias, en el seminario diocesano, y luego de nuevo a Salamanca como profesor de Apologética y Eclesiología. En 1908 le es otorgado el supremo grado académico de Maestro en Sagrada Teología y un año después es nombrado catedrático del Angelicum en Roma. Y allí, en la Ciudad Eterna, nuestro sacerdote padeció parte de su Calvario, al ser injustamente acusado de «tintes modernistas». Se vio por ello privado de su cátedra y examinado por el Santo Oficio, que finalmente dictaminó que la doctrina por él expuesta no era perjudicial a las almas, sino todo lo contrario, muy beneficiosa para la Iglesia.

En sintonía con la obra de su gran amigo, el P. Garrigou-Lagrange, en 1921 fundó la revista La vida sobrenatural, espléndido exponente de la doctrina católica y de su singular pensamiento. «Su itinerario intelectual —dice Don Álvaro Huerga— es genial y sencillo a la vez: por el camino de las Ciencias Naturales llega a la Eclesiología; y en la Eclesiología halla la Mística». Para el bien de las almas, su proceso de beatificación está en marcha.

Mencionamos sus obras centrales: La evolución mística (1908), Cuestiones místicas (1916), La verdadera mística tradicional,y su tratado de eclesiología, Desenvolvimiento y vitalidad de la Iglesia (ed. 1974).

Reproducimos hoy un fragmento de su obra cumbre, La Evolución mística:

«Que cada uno procure ser perfecto en su orden y en el fiel desempeño de todas sus funciones y con esto llegará al grado y forma de santidad a que está destinado y contribuirá en lo posible a la edificación común. El verdadero progreso individual siempre influye muy eficazmente en el colectivo; y es una vana quimera el intentar uno grandes reformas sociales, que de él no dependen, mientras descuida lo que está en su mano, que es la propia reformación, con lo cual, por lo pronto habría impedido no pocos males y dado algunos buenos ejemplos. Que se reformen y perfeccionen muchos miembros de una sociedad y muy luego empezará a sentirse el beneficio de esa reforma. Cuando un alma aspira de veras a la perfección cristiana, siempre arrastra con su ejemplo y lleva en pos de sí muchas; y tantas más cuanto más eficaces son esos ejemplos, cuando mayor sea la configuración de esa alma con los padecimientos del Salvador, como dice Santa Teresa, (Vida c. 11) Y mejorando con eso toda la Iglesia, ese progreso colectivo redundará a su vez en el de todos sus miembros y muy particularmente en el de quien lo provocó. Déjense, pues, todos llevar de la acción e inspiración de Dios, que en cada momento les determina lo que entonces deben hacer o padecer para irse reformando y configurando a imagen del hombre nuevo (Ef 2,15) y realizar así plenamente los adorables designios de la Providencia. Déjense penetrar por la unción del Espíritu Santo, que los ablandará y suavizará y fortalecerá, haciéndolos dóciles a la voz de la verdad y firmes en practicarla».

EL OBSERVADOR 607-9

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Jóvenes... y sacerdotes
Por el P. Fernando Pascual

¿Todavía hay jóvenes que deciden ser sacerdotes? La pregunta es legítima, porque sorprende encontrarse con jóvenes que deciden seguir la vocación sacerdotal.

La respuesta, gracias a Dios, es afirmativa: sí, todavía hay jóvenes que desean ser sacerdotes. Porque el hombre sigue siendo hombre, a pesar de tantos progresos y de tanta técnica. Porque hay pecados que perdonar, porque hay corazones hambrientos de esperanza, porque hay miserias materiales y espirituales, porque la vida humana no termina cuando se apagan nuestras neuronas.

Sí, hay jóvenes que desean ser sacerdotes. Sobre todo, porque Dios está enamorado del ser humano. Nos amó desde el inicio, en el magnífico momento de la creación. Mantuvo en pie su amor a pesar de la caída de los primeros padres. Lo ratificó con la llamada de un pueblo, Israel, que es fuente de bendición para todas las razas de la tierra. Lo confirmó para siempre con la llegada del Hijo, el Salvador, Jesús; un Jesús que es presencia del Amor en el mundo, que es anuncio de paz y de justicia, que invita a la conversión y enseña el Camino que lleva a la Vida y a la Verdad.

Para muchos, sin embargo, el joven sacerdote resulta un misterio. Quizá no llegan a ver que la vida tiene un horizonte que supera la frontera de la muerte. Quizá piensan que la medicina, la informática, la psicología, la sociología, la filosofía, son capaces de llenar todas y cada una de las necesidades del corazón humano. Quizá creen que la religión católica estaría llamada a desaparecer tras la conquista de la Luna, después de las teorías de Darwin, con los estudios sobre el genoma humana.

Cada joven sacerdote es misterio y provocación. Porque nos obliga a confrontarnos con verdades profundas, porque nos lleva a pensar en lo que exista tras la muerte, porque nos lanza la pregunta sobre Dios y su misterio de Amor hacia los hombres.

A la sorpresa que se esconde tras la pregunta «¿todavía hay jóvenes que deciden ser sacerdotes?» necesitamos responder con la sorpresa de una pregunta respetuosa: «¿todavía hay hombres que no reconocen lo mucho que Dios les ama?»

Cada joven sacerdote nos trae el olor fresco de Galilea, de Judea, de Belén, del Cenáculo. Las bienaventuranzas, entonces, llegan a ser vida. La Cruz adquiere un valor personal, salvífico, profundo para las almas. La Tumba vacía nos grita, desde los labios y las manos de un nuevo sacerdote, que el Padre puso todo su Amor en el Hijo, que el Hijo nos dejó como regalo su Espíritu; que la vida, desde entonces, tiene un sentido.

Joven sacerdote, eres mucho más de lo que tú mismo sueñas. Porque es el mismo Dios quien sueña dar amores desde tus labios, desde tus manos, desde tu corazón enamorado. Aunque muchos se sorprendan, aunque algunos te rechacen, aunque haya quien te ignore. Serán muchos más los que, gracias a tu sí, que es un eco del Sí de Cristo, descubrirán un Amor inmenso y bello, encenderán una llama de esperanza en sus vidas hasta ahora tristes, empezarán a descubrir que todo ser humano tiene un precio infinito: el de la Sangre del Cordero, el del perdón que darás a manos llenas...

EL OBSERVADOR 607-10

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INTIMIDADES –LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Mi novio es alcohólico
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA

Leí su intervención en una pagina en internet y pienso que usted me puede ayudar. Soy una joven de 23 años, tengo una relación con mi novio de un poco más de dos años y desde que lo conozco ingiere alcohol. Antes, cuando sólo éramos amigos, no lo miraba como un problema, hasta que, siendo novios, empezó a mentir, a dejarme plantada o simplemente a preferir estar con sus amigos bebiendo que estar conmigo. El ambiente en que se rodea también lo perjudica, ya que su mamá, hermano, padrastro y amigos beben. Él es responsable en su trabajo y estudios. Ha pasado meses sin beber pero siempre recae. Ahora está yendo a un grupo de AA, pero temo que no dure mucho tiempo asistiendo. Para mí ha sido muy dolorosa toda esta situación porque lo quiero mucho y realmente me gustaría formar una familia con él. Yo sé que él me quiere, yo lo siento. El único defecto grave que tiene es el alcohol. Hemos discutido mucho. Lo he dejado muchas veces y siempre me busca, «arrepentido». Es muy difícil dejarlo.

RESPUESTA

No dudes de su arrepentimiento. Yo creo que es sincero. Si ha recaído no es porque sus propósitos sean falsos, sino porque tu novio es víctima de una enfermedad que tiene como una de sus características más significativas la del fracaso de la voluntad. Él, en verdad, quisiera estar contigo, pero la adicción lo domina y va con esos «amigos» con los que puede beber. Por eso el primer paso del programa de AA requiere que el alcohólico acepte su impotencia frente al alcohol, que su vida se ha vuelto ingobernable y que sólo un poder superior lo puede ayudar.

No dudo que tu novio sea una persona con muchas cualidades, con quien valga la pena pensar en formar una familia, pero, antes de hacerlo, él tiene que rehabilitarse. Mientras no lo haga, no le será posible establecer vínculos sanos de pareja y de paternidad.

La rehabilitación no significa solamente dejar de beber: eso es muy importante, por supuesto, pero hacen falta también cambios profundos en la personalidad, que incluyen adquirir madurez emocional, serenidad, fortaleza, honestidad, capacidad de expresar las propias emociones, capacidad para ser feliz, solidaridad y una sana relación con Dios. Todo esto puede lograrse a través del programa de los 12 pasos que propone Alcohólicos Anónimos, que es un programa de vida sensato y eficaz. ¿Cómo puedes estar razonablemente segura de que tu novio ha cambiado? Como te digo, no basta con que deje de beber. Tienes que notar también que es más feliz, más seguro de sí mismo, más capaz de amar... Y tiene que mantener estos cambios a lo largo del tiempo. No puedo decirte cuánto esperar, pero no te comprometas a casarte con él antes de que cumpla su primer aniversario en AA. Tampoco puedo asegurarte que eso significa el fin del problema. El alcoholismo es una enfermedad incurable, y siempre existe el riesgo de una recaída, aun cuando el alcohólico lleve años sin beber. La ventaja es que ya conoce el camino de la recuperación.

Te aconsejo entrar a un grupo de AL-Anon (para familiares y amigos de alcohólicos). En primer lugar, por ti, porque el alcoholismo de un ser querido afecta a quienes están cerca de él. Pero también por él, porque, en la medida en que conozcas su enfermedad, lo comprenderás mejor. Además, como pareja, podrían compartir reflexiones y experiencias acerca de su caminar por los 12 pasos —también se siguen en Al-Anon—, apoyándose mutuamente.

En resumen: si lo amas y él se compromete en su rehabilitación, no lo dejes. Pero, aun amándolo, si él no se rehabilita tendrás que dejarlo porque, en esas condiciones, él no tiene capacidad para formar una pareja y una familia sanas.

EL OBSERVADOR 607-11

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PINCELADAS
Algo más que un diamante
Por el P. Justo López Melús

En la vida hay muchas cosas que valen más que el dinero. Hay tesoros espirituales que valen más que todas las riquezas. Hay detalles, ráfagas de luz, que pueden endulzar la existencia. Como aquel preso, siempre encerrado en su celda, que se sentía feliz porque, por una pequeña claraboya, entraba el sol durante un rato y podía ver por la noche las estrellas.

Como aquel aldeano que supo que un monje pasaba por su pueblo con una piedra preciosa, que podría hacerle rico. —«Dame la piedra», le dijo. El monje revolvió su bolsa y sacó un diamante. —«¿Es esta la piedra que quieres? La encontré en el bosque. ¡Tómala! El aldeano la tomó y salió corriendo hacia su casa. Aquella noche no pudo dormir. Al día siguiente, muy temprano, fue a buscar al monje, y le dijo: «Aquí está el diamante. Quiero la riqueza que te permite desprenderte del diamante».

EL OBSERVADOR 607-12

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FIN

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