El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
8 de abril de 2007 No.613

SUMARIO

bulletCARTAS DEL DIRECTOR - La Resurreccción, ¿para qué?
bulletLA VOZ DE LOS PASTORES - Familia, sé lo que eres
bulletHISTORIA RECIENTE - Juan Pablo II: servir a los pueblos de Iberoamérica, también hoy
bulletTEMAS DE HOY - ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
bulletEN LA ÓPTICA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA - Benedicto XV: «el Papa de la paz y la reconciliación» (1 de 2)
bulletDEBATE - ¿Qué debe hacer la Iglesia cuando en centros católicos se dan enseñanzas contrarias a la fe cristiana?
bulletFAMILIA - «Sólo» un condón
bulletPINCELADAS - Despacio, que tengo prisa

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CARTAS DEL DIRECTOR
La Resurreccción, ¿para qué?
Por Jaime Septién

«Todas las actividades humanas —afirmó Benedicto XV— deberían ser una ocasión y un lugar para el crecimiento de los individuos y de la sociedad, el desarrollo de los 'talentos' personales que es necesario valorar y poner al servicio ordenado del bien común, en espíritu de justicia y de solidaridad. Para los creyentes, además, la finalidad última del trabajo es la construcción del Reino de Dios».

Se lo dijo hace un par de semanas a los jóvenes reunidos en un pueblito cercano a Roma, a la otra orilla del Lago Albano, frente a la residencia de verano de los pontífices, durante el IX Foro Internacional de los Jóvenes sobre el tema «Testigos de Cristo en el mundo del trabajo».

Pocas veces se puede reunir en un párrafo el sentido y el papel del ser cristiano en la historia, de cualquier hombre y de cualquier mujer que cree en Cristo. Con palabras sencillas, profundas, llenas de esperanza. En efecto, si entendemos esto, Cristo no habrá resucitado en vano para nosotros ni nosotros colaboraríamos para ese descrédito universal que los medios de comunicación anuncian de Jesús por el flaco rendimiento de sus seguidores.

La actividad humana del cristiano —visto por los ojos del Papa— debe diferenciarse; hacerse sentir con el peso de la fe. Que un cristiano futbolista se note, lo mismo que un profesor de escuela, que un arquitecto, una ama de llaves, una cajera de supermercado, un campesino, un abogado, arquitecto, médico o aprendiz.

El asunto que está aquí señalado es de enorme importancia. Porque hasta hoy, en este mundo «líquido» del que habla el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, la actividad de los que hemos sido redimidos por la sangre de Cristo, por su sacrificio y por su muerte, no se hace notar; pasamos por iguales a quienes, habiendo sido también redimidos, ni lo saben ni lo quieren saber, ni les importa mayormente saberlo.

La Resurrección de Jesús, como acontecimiento fundacional de la esencia cristiana, nos empujaría a marcar la diferencia, a desequilibrar la balanza del mal egoísta (¿existe otro?) que corrompe al mundo. La Resurrección de Jesús nos haría ebullición en la sangre, para cambiar, ardorosamente, la colonia, el barrio, la ciudad, el país en el que vivo, el trabajo que realizo, la parroquia a la que voy cada domingo...

Él —desde lo alto de la Cruz— ganó al mundo para su Padre. La civilización del amor no se construye haciendo lo que me viene en gana, sino por la austeridad y el sacrificio. La belleza de la renuncia salvará al mundo. Será el amor el que nos santifique. Y será el amor el que le dé un sentido de diferencia al ser cristianos.

EL OBSERVADOR 613-1

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LA VOZ DE LOS PASTORES
Familia, sé lo que eres
Por José Guadalupe Martín Rábago, arzobispo de León

El afán de este comentario no es entrar en un ambiente de confrontación o de polémica, sino expresar, de manera serena y convencida, algunas de las convicciones que constituyen el fundamento de lo que entendemos por identidad de la familia y del matrimonio. No se trata de afirmaciones que sólo se sostienen en convicciones religiosas, sino que arrancan de la misma verdad del hombre, de su vocación y de su misterio. Esto es lo que llamamos la base antropológica de la familia que ha sido asumida y perfeccionada por Dios mismo.

Es injusto y ofensivo colocar adjetivos y descalificaciones a la doctrina de la Iglesia, como si ella hubiera establecido las bases sobre las que se fundamenta la verdadera identidad de la vida familiar, y como si estuviera en su poder modificar las características fundamentales de esta institución humana. No, la Iglesia encuentra la estructura esencial de esta célula de la sociedad, que es anterior al Estado y a la Iglesia misma, y solamente la predica, la profundiza y ayuda a su comprensión. Ya Aristóteles había afirmado que no puede entenderse la sociedad sin la familia y esta es «anterior y superior al Estado» (Ética a Nicómaco- VIII, 15-20).

La actitud prejuiciada a toda enseñanza que viene de la Iglesia lleva, a no pocos, a descalificar de entrada toda palabra del magisterio eclesiástico, rechazándolo sin una verdadera reflexión y sin valorar sus fundamentos.

La verdad es que la familia no nos pertenece, no es hechura humana. «La familia es la célula original de la sociedad humana y es anterior a cualquier reconocimiento de la autoridad pública. Los principios y valores familiares constituyen el fundamento de la vida social. La vida de familia es una iniciación a la vida de la sociedad» (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica – 457).

Estas afirmaciones sólo pueden ser desechadas por quienes están convencidos de que todo está sujeto a la libre decisión de la voluntad humana, expresada en leyes y reglamentos subjetivos y siempre cambiantes. Si algo es aprobado por la decisión de las mayorías eso es verdadero, es justo y es conforme al funcionamiento de una sociedad democrática. Olvidando que la democracia está sujeta a una verdad superior y sin cuyo respeto la vida democrática acaba destruyéndose ella misma.

Muchas de las afirmaciones que hoy se hacen sobre el significado de la familia y del matrimonio arrancan de una concepción reductiva de la verdad del hombre, mutilan su dimensión espiritual y sólo aceptan los aspectos exclusivamente relativistas y cambiantes. La verdad de la institución del matrimonio, tomando como punto de partida su misma conformación y no sólo convicciones religiosas, consiste en la unión de amor y de vida entre un hombre y una mujer, en entrega de complementariedad y de fecundidad, para toda la vida. Los poderes públicos deben respetar, proteger y favorecer la verdadera naturaleza del matrimonio, la moral pública, los derechos de los padres y el bienestar doméstico.

Hoy en día se hace necesario proclamar con valentía estas convicciones, oscurecidas por ataques que vienen de un pensamiento materialista y consumista. Con frecuencia se pretende generar confusiones, utilizando lenguajes manipulados con el fin de hacer aparecer como inofensivas y hasta completamente aceptables, afirmaciones que llevan a la destrucción del matrimonio y de la vida familiar. Es el caso de palabras como «interrupción voluntaria del embarazo», «pro-choice», «parejas de hecho», «sociedades de convivencia», etc.

La defensa de la verdad constitutiva de la familia es indispensable porque en ello se juega el futuro de la humanidad, la realización del ser humano y sus posibilidades de fidelidad y de felicidad. Estamos frente a una realidad que debe interesar al hombre y a la sociedad como tales, a creyentes y a no creyentes.

Nuestro empeño no es imponer a quienes no tienen nuestra fe lo que se desprende de nuestro credo, sino lograr que la familia cumpla su vocación propia. «FAMILIA, SÉ LO QUE ERES».

EL OBSERVADOR 613-2

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HISTORIA RECIENTE
Juan Pablo II: servir a los pueblos de Iberoamérica, también hoy
Por Rodrigo Guerra López, director del «Observatorio social» del CELAM

El segundo aniversario de la muerte del papa Juan Pablo II se da en la víspera de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se celebrará en el santuario mariano de Aparecida, Brasil, a mediados del mes de mayo. El propio Juan Pablo II fue quien aprobó los primeros pasos que se dieron para preparar este gran acontecimiento eclesial. Sin embargo, Dios tenía planeado que fuese Benedicto XVI, quien recibiría a la presidencia del CELAM en una de sus primeras audiencias como Pontífice, y eventualmente, quien formulara y matizara el tema central: «Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida».

La V Conferencia General, o «Aparecida», tal y como ya se le comienza a decir, se coloca así en un momento crucial de la historia de la Iglesia. Un imponente pontificado termina y otro comienza lleno de expectativas y esperanzas. ¿Qué legado deja Juan Pablo II en Iberoamérica? ¿Qué trascendencia tienen sus pasos en el llamado «Continente de la Esperanza»?

Sería muy difícil sintetizar el aporte de Juan Pablo II a los pueblos iberoamericanos. Sin embargo, es posible detectar tres aspectos fundamentales que atraviesan los mensajes de sus múltiples viajes a nuestras tierras, las conferencias de Puebla y Santo Domingo, la exhortación Ecclesia in America, y aun su Magisterio dirigido a toda la Iglesia.

1) La verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre

Juan Pablo II apasionadamente enseñó que Cristo revela tanto lo divino como lo humano a cada hombre en su historia concreta. El lugar donde acontece precisamente esta experiencia es la Iglesia. Es fácil trivializar y disolver estos contenidos como si fueran simplemente parte de una cierta retórica eclesiástica. Por eso, Juan Pablo II subrayaba el momento existencial que poseen estas verdades. En diversas ocasiones acudió al pasaje del encuentro del joven rico con Jesús para mostrar que no es una teoría la que nos convoca a una transformación de la vida, sino un encuentro concreto el que permite que verifiquemos con libertad en nuestra propia experiencia la verdad del anuncio cristiano. El que los temas de Cristo, la Iglesia y el hombre sean abordados desde el punto de vista de la «verdad» ayuda a apreciar la importancia de reconocer en su integridad todos los factores constitutivos que estas realidades poseen.

En efecto, siempre existe la tentación de administrar de acuerdo a nuestros gustos y preferencias los elementos que conforman la fe, privilegiando unos y ocultando otros. En América Latina esta tentación no ha estado ausente tanto en grupos integristas como en grupos inoculados por alguna modalidad de marxismo, tanto en sectores afines al neoliberalismo como en sectores simpatizantes de la lucha revolucionaria. El papa Juan Pablo II, a este respecto, invitó siempre a que redescubramos que el Evangelio es un don, y, por lo tanto, su contenido no está sujeto a las modas ideológicas en turno, sino que es custodiado por el propio método que Jesús escogió para permanecer en la historia: la Iglesia como comunidad empíricamente localizable, guiada por los sucesores de los apóstoles, y destinada a anunciar la verdadera salvación y liberación para los hombres.

2) La opción preferencial por los pobres y la dimensión social del cristianismo

El papa Juan Pablo II fue particularmente consciente de la explotación y miseria en la que viven millones de latinoamericanos. La escandalosa pobreza de tantos no puede obviarse. Por ello, en Ecclesia in America se sitúa a los pobres como un verdadero lugar teológico en el que acontece la presencia real de Jesucristo. La experiencia viva de la Iglesia en América Latina ha sido un espacio privilegiado para constatar la verdad de esta afirmación. Durante siglos, la Iglesia se ha solidarizado con el pueblo que sufre, y en muchas ocasiones ha sido la única voz que se ha alzado delante del poder autorreferencial recordando los valores que lo deberían de orientar y dirigir hacia el bien común. En las instrucciones Libertatis nuntius y Libertatis conscientia el cardenal Ratzinger, con aprobación de Juan Pablo II, mostró los riesgos de utilizar mediaciones socioanalíticas reductivas para interpretar el Evangelio y convocó a trabajar por una liberación integral y no complaciente de las diversas esclavitudes que sufre el hombre.

El itinerario de compromiso eclesial a favor de los más pobres en la enseñanza de Juan Pablo II parece culminar en un documento destinado a toda la Iglesia y que posee un especial significado para Iberoamérica: Novo milenio ineunte. En este texto, Juan Pablo II dirá: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: 'He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo y me habéis vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme' (Mt 25,35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia».

De esta manera la opción preferencial por los pobres se transforma en un principio permanente, en un criterio de juicio y en una directriz de acción al interior de la nueva síntesis de la Doctrina Social Cristiana elaborada por Juan Pablo II. Él continuamente insistió en la gran responsabilidad que poseemos los fieles laicos en esta área. El sujeto de la Doctrina Social de la Iglesia, es decir, quien le da concreción y operatividad, no es una clase social, no es una organización particular, sino toda la Iglesia en movimiento que, a través de los fieles laicos, debe proponer la vitalidad del Evangelio dentro de las estructuras sociales, económicas y políticas.

3) María y el Evangelio de la vida

La centralidad de María en el misterio de la salvación es una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano. Las visitas de Juan Pablo II a América Latina continuamente nos recordaron que Cristo llegó a nuestras tierras precisamente a través de María. Sin embargo, el papel de la Virgen en América Latina no se agota en su dimensión estrictamente espiritual sino que funge como verdadero factor identitario de nuestros pueblos. Juan Pablo II, en su primera visita a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, decía: «todo este inmenso continente vive su unidad espiritual gracias al hecho de que Tú eres la Madre».

Esta manera de mirar a la Virgen posee numerosos aspectos a destacar. Sin embargo, cobra especial importancia la relación que Ella guarda con el Evangelio de la vida según Juan Pablo II. Iberoamérica se estremece actualmente por el incesante acoso de leyes y políticas públicas que lastiman la dignidad de las personas, en especial de quienes son más vulnerables: los no-nacidos, los pacientes terminales, los ancianos, las mujeres pobres, los niños, los matrimonios jóvenes, etc. Toda la amplia agenda de asuntos en torno a la vida y a la familia no son un tema más entre otros muchos que pueden existir en la discusión pública, sino que en ellos radica en buena medida el destino de nuestros pueblos. María, particularmente desde el Tepeyac, ha aparecido como una mujer que cuida en su vientre la Vida y que simultáneamente nos invita a seguirla en este gesto con valor y con confianza: «No estoy yo aquí que soy tu Madre, no estás acaso en mi regazo». Por ello, el Papa Juan Pablo II, prácticamente en todos sus viajes a América Latina, recordó que hemos de trabajar sin descanso por anunciar el Evangelio de la vida, seguros que en este esfuerzo contamos con el auxilio especial de María, quien con sus virtudes logra subsanar nuestras muchas deficiencias.

La amplia labor misionera de Juan Pablo II en nuestro continente deja una herencia impresionante que es importante enriquecer y continuar. El recuerdo cariñoso y devoto de Juan Pablo II no puede convertirse en una suerte de recuerdo melancólico. Al contrario, si apreciamos el mensaje que nos vino a traer, debemos de mirar ahora, con igual sensibilidad, el modo como éste ha de ser continuamente ofrecido a los hombres. Por ello, tal vez el gesto más sencillo y más profundo de amor a Juan Pablo II consiste precisamente en seguir con igual asombro y estupor el anuncio que nos hace hoy Benedicto XVI. El nuevo Papa, en su próximo viaje a nuestro continente, mirará los frutos que la Iglesia latinoamericana ofrece hoy al mundo y nos confirmará en la fe, es decir, en la certeza de que Cristo ha venido a proponer una nueva libertad que ningún poder del mundo puede ofrecer.

EL OBSERVADOR 613-3

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TEMAS DE HOY
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
Por Antonio Maza Pereda

¡Qué hermosa ha amanecido esta mañana! Todo parece que canta: el cielo, la luz matinal, el aire fresco, la creación toda. Y yo no soy la excepción. He amanecido con un canto en el corazón desde temprano. ¡Tengo tanto que agradecerle a Jesús, el Resucitado!

Le agradezco el que me haya redimido, que haya dado hasta la última gota de su sangre por mí, y porque estoy seguro que si yo hubiera sido el único pecador de este mundo, en toda la historia, igual hubiera dado hasta la última gota de su sangre.

Le agradezco que me haya dado la familia que formamos la Iglesia, cada cual con el tesoro que es su carácter, sus capacidades y su belleza única. Son la mejor familia que pude haber soñado y, ciertamente, no me los merezco; sólo por la bondad de Jesús somos hijos del mismo Padre.

Gracias a cada uno por ser como son, hermanas y hermanos católicos. Por el amor y la paciencia que me tienen, por su incansable capacidad de perdonarme mis fallas y por darse como se dan, no sólo a la familia de los católicos, sino a otros muchos, cada cual a su modo y en su medio. Gracias por amarse los unos a los otros; con fallas, con imperfecciones, pero con gran constancia. Gracias por el ejemplo que me dan. Gracias por rezar por mí y por contribuir con Jesús a mi salvación. Gracias por estar ahí, a donde quiera que vaya, rezando como rezo yo, cayendo y levantándose como lo hago yo. En la lucha constante por ser mejores, sabiendo que somos pecadores. Confiando en la misericordia del Señor Jesús, que es la esperanza de nuestra salvación, nuestro hermano mayor, el primero de los resucitados, el que nos está preparando una morada en la casa del Padre.

Nunca podré decirles suficientemente todo lo que los quiero, todo lo que siento mis fallas con ustedes, todo el bien que deseo para ustedes y cómo quisiera hacer mucho más por ustedes de lo que he podido hacer. Quiera Jesús darme vida para devolverles aunque sea un poco de lo mucho que me han dado. Gracias a ustedes soy más feliz, más humano, más pleno de lo que hubiera podido ser por mí mismo.

Los quiero mucho y les deseo todos los tesoros del Cielo en esta Pascua.

EL OBSERVADOR 613-4

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EN LA ÓPTICA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
Benedicto XV (1914-1922): «el Papa de la paz y la reconciliación» (1 de 2)
Por el Padre Umberto Marsich, m. x.

Sucesor de Pío X fue el cardenal Giacomo (Santiago) Della Chiesa, genovés y obispo de Bologna, Italia. Doctor en derecho civil y derecho canónico, ingresó, ya sacerdote, como auxiliar en la secretaría del Estado Vaticano. El Papa Pío X lo nombró arzobispo de Bolonia y cardenal de la santa romana Iglesia. Desde su ascenso al trono pontificio, con el nombre de Benedicto XV (en memoria de Benedicto XIV, también extraordinario ex obispo de Bolonia hacía dos siglos), se encontró frente a una guerra de gigantes, la primera mundial, y su objetivo principal, a lo largo de su pontificado, naturalmente, fue lograr la paz y reconciliar a los beligerantes. Urgía acción, ya fuera política o social, y Benedicto XV se dedicó a ello.

La acción política

Más que de pensamiento, entonces, respecto a este Papa hablaremos de acción política encaminada a la reconquista de la paz perdida con la grande guerra (1914-1918). Pacificación y reconciliación fueron sus acciones políticas principales.

Desde su primera encíclica, Ad beatissimi (1914), la programática de su pontificado proponía al mundo en guerra un programa de pacificación. En ella el Sumo Pontífice denunciaba las causas de los grandes males que afligían a la humanidad: la ausencia de mutua benevolencia en las relaciones de los hombres entre sí; el desprecio de la autoridad; las luchas injustas entre las diferentes clases de ciudadanos, y la codicia, el apetito desordenado de los bienes materiales e intrascendentes. Sin embargo sus peticiones de paz nunca fueron escuchadas.

La segunda parte de la encíclica está dedicada a la Iglesia y a la condena de los errores del modernismo, cuyo espíritu de irracional actitud crítica de todo lo tradicional en nombre de la novedad, «el espíritu de quien rechaza todo lo que sabe de antiguo, haciéndose ávido de novedad en cada cosa», viene tajantemente cuestionado por el Papa.

Neutral mal comprendido

Respecto a los beligerantes europeos, la posición del Papa fue siempre la de permanecer sabiamente neutral, pero esta actitud provocaba, inevitablemente, infames y falsos rumores, o sea, total incomprensión por ambas partes. Cada uno de los países en guerra se consideraba del lado de la justicia y, obviamente, pretendía la intervención papal en su favor.

Este grave equívoco le provocó muchísimos sufrimientos a Benedicto XV. Su «parcialidad» era únicamente a favor de la justicia y de la paz, de tal manera que se le acusó de quedarse en lo abstracto y en declaraciones generales intrascendentes.

A la restauración de la paz y la reconciliación dedicó luego otra encíclica, la Pacem Dei munus (1920). Es una reflexión sobre la necesidad de llegar a extirpar los gérmenes de las viejas discordias internacionales. Proponía un nuevo orden, el de la caridad, y formulaba una invitación explícita a formar una sola familia entre las naciones, la «sociedad de las naciones».

Terminada la guerra urgía una obra de reconciliación entre todos los países involucrados. Lo intentó el Papa con otra encíclica más, De pacis reconciliatione (1920). La escribió en cumplimiento de su deber como vicario de Cristo de predicar una paz fundada en la caridad, esencia del mensaje cristiano. Como testimonio de amor, en la misma encíclica perdonaba a todos aquellos que en el transcurso de la guerra lo habían verbalmente agredido e injustamente ofendido.

EL OBSERVADOR 613-5

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DEBATE
¿Qué debe hacer la Iglesia cuando en centros católicos se dan enseñanzas contrarias a la fe cristiana?
El examen de la Santa Sede de las obras de Jon Sobrino y otros teólogos

¿Qué debe hacer la Santa Sede cuando miles de fieles, en particular jóvenes seminaristas o estudiantes, reciben en centros católicos enseñanzas de teólogos que parecen negar aspectos fundamentales de la fe católica, como la divinidad de Jesús?

Ésta es la pregunta que le surgió en 2001 al cardenal Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al recibir observaciones de los pastores y fieles católicos iberoamericanos sobre las obras del padre jesuita Jon Sobrino.

El examen de las doctrinas

Para responder a esta difícil pregunta, a través de los siglos, la Iglesia ha establecido un procedimiento para el examen de las doctrinas, que ha sido confiado por los Papas a la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Este procedimiento está regulado por el «Reglamento para el examen de las doctrinas», redactado en 1997 por el cardenal Joseph Rat-zinger, que entonces era el prefecto de esa Congregación, con la aprobación de Juan Pablo II.

Libros con errores se emplean en seminarios

La Notificación, publicada hace unos días por la Santa Sede sobre obras del padre Sobrino, explica que «la Congregación para la Doctrina de la Fe, a causa de las imprecisiones y errores en ellas encontrados en el mes de octubre de 2001, tomó la decisión de emprender un estudio ulterior y más profundo de dichas obras».

«Dada la amplia divulgación de estos escritos y el uso de los mismos en seminarios y otros centros de estudio, sobre todo en Iberoamérica, se decidió seguir para este estudio el 'procedimiento urgente' regulado en los artículos 23-27» del Reglamento.

«Como resultado de tal examen, en el mes de julio de 2004 se envió al autor, a través del R.P. Peter Hans Kolvenbach S.J., Prepósito General de la Compañía de Jesús, un elenco de proposiciones erróneas o peligrosas encontradas en los libros citados», aclara la Notificación.

En el mes de marzo de 2005 el presbítero Jon Sobrino envió a la Congregación una «Respuesta al texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe», la cual fue examinada en la sesión ordinaria del organismo vaticano del 23 de noviembre de 2005.

«Se constató que, aunque en algunos puntos el autor había matizado parcialmente su pensamiento, la Respuesta no resultaba satisfactoria, ya que, en sustancia, permanecían los errores que habían dado lugar al envío del elenco de proposiciones ya mencionado».

Como que Jesús no es Dios

El resultado de la investigación constata que «obras del padre Sobrino presentan, en algunos puntos, notables discrepancias con la fe de la Iglesia».

Estas discrepancias afectan a temas centrales de la fe cristiana, pues ponen en tela de juicio la divinidad de Jesucristo o la encarnación del Hijo de Dios.

Aún no se decide qué medidas se tomarán

En otros casos, este tipo de notificaciones concluyen prohibiendo al autor la enseñanza de la teología católica mientras no rectifique sus posiciones de modo que sean plenamente conformes con la doctrina de la Iglesia.

En el caso del padre Sobrino, la Notificación no hace alusión alguna a este tipo de medidas disciplinares.

Zenit-El Observador

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Principales errores de Sobrino señalados por la Congregación para la Doctrina de la Fe

1)
Sobrino afirma: «La cristología latinoamericana […] determina que su lugar, como realidad sustancial, son los pobres», y que la «Iglesia de los pobres es […] el lugar eclesial de la cristología». La Congregación responde que el lugar eclesial de la cristología no puede ser la Iglesia de los pobres sino la fe apostólica transmitida por la Iglesia a todas las generaciones.

2) Dice también el teólogo que los grandes concilios de la Iglesia antigua se alejaron de los contenidos del Nuevo Testamento, por lo que los textos que de ellos surgieron son «limitados y aun peligrosos», y que el desarrollo dogmático de los primeros siglos de la Iglesia es negativo.

3) Sobrino tiende a disminuir el alcance de los pasajes del Nuevo Testamento que afirman que Jesús es Dios: «Jesús está íntimamente ligado a Dios, con lo cual su realidad habrá que expresarla de alguna forma como realidad que es de Dios»; «En los comienzos no se habló de Jesús como Dios ni menos de la divinidad de Jesús, lo cual sólo acaeció tras mucho tiempo de explicación creyente, casi con toda probabilidad después de la caída de Jerusalén». Aunque el autor no niega la divinidad de Jesús, tampoco la afirma.

4) El autor establece una distinción entre el Hijo y Jesús, que sugiere al lector la presencia de dos sujetos en Cristo: el Hijo asume la realidad de Jesús; el Hijo experimenta la humanidad, la vida, el destino y la muerte de Jesús. No resulta claro que el Hijo es Jesús y que Jesús es el Hijo.

5) También afirma la existencia de una relación especial entre Jesucristo y el Reino de Dios, pero separa a Jesús del Reino, rechazando así la enseñanza cristiana de que el Reino de Dios no es un concepto, una doctrina, un programa, sino que es, ante todo, una Persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret.

6) El P. Sobrino dice, citando al ex católico L. Boff, que «Jesús fue un extraordinario creyente y tuvo fe»; «Por lo que toca a la fe, Jesús es presentado, en vida, como un creyente como nosotros». La relación única y singular de Jesús con el Padre no aparece con claridad en los escritos de Sobrino; más aún, las afirmaciones que hace llevan más bien a excluirla.

7) El valor salvífico de la muerte de Jesús también es puesto en duda por el P. Sobrino al afirmar: «Digamos desde el principio que el Jesús histórico no interpretó su muerte de manera salvífica, (...) no hay datos para pensar que Jesús otorgara un sentido absoluto trascendente a su propia muerte»; «Puede decirse que Jesús va a la muerte con confianza y la ve como último acto de servicio, más bien a la manera de ejemplo eficaz y motivante para otros que a la manera de mecanismo de salvación para otros»; «Lo salvífico consiste en que ha aparecido sobre la tierra lo que Dios quiere que sea el ser humano».

EL OBSERVADOR 613-6

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FAMILIA
«Sólo» un condón
Por Yusi Cervantes Leyzaola

La radio y la televisión presentan una escena en la que un padre revisa las cosas de su hijo adolescente y encuentra un condón. El hijo dice: «es sólo un condón», y se escucha entonces una cascada de voces diversas diciendo «gracias».

¿Sólo un condón? ¿Qué hay detrás del hecho de que un padre encuentre un condón entre las cosas de su hijo adolescente? ¿Verdaderamente habría que darle las gracias por tenerlo?

Que un adolescente o un joven tengan relaciones sexuales no es cualquier cosa. Esta es una de las áreas más importantes en la vida de una persona, y no basta un condón para protegerlo de los riesgos que un ejercicio equivocado de la sexualidad acarrea.

Para empezar, si bien el condón disminuye los riesgos de contraer una enfermedad de transmisión sexual, no la elimina del todo. Pero eso no se les dice a los muchachos. Tampoco se les dice que existe un riesgo pequeño, pero real, de que la mujer quede embarazada. ¿Están listos los muchachos para asumir responsablemente la consecuencia de sus actos? ¿Están listos para ser padres?

El mensaje en los medios de comunicación está dando por sentada la promiscuidad. Si tantas personas dan las gracias al chico, es porque suponen que él va a tener muchas parejas sexuales, que a su vez tendrán muchas parejas sexuales, mismas que tendrán muchas parejas, así, hasta llegar a todas esas personas que dan las gracias. Así es como se transmiten enfermedades como el SIDA. ¿No sería mejor promover la castidad y la fidelidad? ¿No estarían así mejor protegidos nuestros muchachos? Darles un condón es como hacerlos entrar en una ruleta rusa haciéndoles creer que están totalmente protegidos.

Por otro lado, ¿puede el condón protegerlos de los riesgos emocionales? ¿de enamorarse y sufrir por el rechazo? ¿de confundir sus emociones y no ser capaces de tomar las mejores decisiones para su vida? ¿de aprender que las relaciones de pareja son triviales y superficiales? ¿de no aprender a comprometerse? ¿de establecer relaciones de dependencia?

¿Quién les explica cuál es la verdadera libertad en el ejercicio de la sexualidad?

No es sólo un condón. Detrás de él están mentalidades y estilos de vida que están perdiendo de vista lo que verdaderamente es un ser humano: un ser hecho para el amor, para el auténtico amor.

EL OBSERVADOR 613-7

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PINCELADAS
Despacio, que tengo prisa
Por el P. Justo López Melús

Un joven intrépido preguntó a un maestro: «¿Cuánto me costará llegar a ser maestro, si trabajo duro? El maestro respondió: «Toda tu vida». «No puedo esperar tanto, ¿cuánto me costará si trabajo con toda el alma?». «Unos diez años». «Pero piense que mi padre se está haciendo viejo y pronto tendré que cuidar de él. ¡Cuánto tiempo tardaré en aprender su sabiduría si trabajo más duramente?». Ante tanta insistencia, el maestro le contestó: «Quizá treinta años». «Pero usted se burla. Antes diez, ahora treinta. Créame, haré cuanto me diga si puedo aprender su arte en el menor tiempo posible». «En ese caso te durará sesenta años al menos. Pues un hombre que quiere resultados tan rápidos, no avanza rápidamente». Es decir, que el frenesí, la prisa excesiva, son malos consejeros. «Vísteme despacio, que tengo prisa. Si corres lo harás mal y habrás de volver a empezar».

EL OBSERVADOR 613-8

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FIN

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