El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
3 de junio de 2007 No.621

SUMARIO

bulletPORTADA - «La Iglesia es sumamente cauta para aceptar milagros físicos, como el de esa luz en la Virgen de Guadalupe»: monseñor Guerrero Rosado
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Por un (verdadero) Estado laico
bulletLA VOZ DE LOS PASTORES - ¿Quién eres, Iglesia en América, para que la Madre de mi Señor haya venido a visitarte?
bulletREPORTAJE - En pleno secularismo: ¿aún hay quien se convierte?
bulletINTERNACIONAL - Millones huyen de Zimbabue; la crisis aumenta dramáticamente
bulletLOS VALORES DE MÉXICO - Hacer visible la Verdad
bulletFLOR DE HARINA - Cuatro funciones
bulletEN LA ÓPTICA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA - Beato Juan XXIII (1959-1963): «el Papa bueno de los signos de los tiempos» (1 de 3)
bulletJÓVENES - Historia de un aborto (como me lo contaron)
bulletRESUELVE TUS DUDAS - ¿Por qué hay personas que se llaman Jesús?
bulletFAMILIA - La familia, primera y última educadora en el amor

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PORTADA
«La Iglesia es sumamente cauta para aceptar milagros físicos, como el de esa luz en la Virgen de Guadalupe»: monseñor Guerrero Rosado
Por correo electrónico ha estado circulando una presentación titulada «Milagro en la Basílica de Guadalupe». En ella se dice que, durante una Misa ofrecida por los niños mártires abortados, los fieles vieron que la imagen de la Virgen comenzaba como a retirarse, para dar paso a una luz intensa que salía de su vientre con la forma de un embrión. Al respecto, monseñor José Luis Guerrero Rosado, canónigo magistral de la Basílica y director del Instituto Superior de Estudios Guadalupanos, escribió lo siguiente:

Es enternecedor y respetable que la devoción de la gente vea signos divinos en su acontecer diario, puesto que, en efecto, toda la naturaleza que nos rodea nos habla de Dios y de su interés por nosotros, pero, en su Providencia, es algo inusual y no deseado por Él que abunden las evidencias sobrenaturales. Recordemos que Jesús califica de «dichosos aquellos que no vieron y creyeron» (Jn 20, 29). Aunque Dios es libérrimo de hacerlo, no es lo normal que se ponga a repetir con un milagro lo que ya dejó clarísimo en su Ley y en nuestra conciencia: la prohibición de asesinar inocentes.

El milagro fue la aparición de Guadalupe

Por supuesto que la aparición de María Santísima en el Tepeyac fue un maravilloso milagro, y, en el orden moral, comprobamos que sigue el Señor haciéndolos incontables aquí, por intercesión de su Madre. Sin embargo, la Iglesia es sumamente cauta para aceptar milagros físicos, como el que se supone que fue esa luz. Sin negar que los fieles puedan tomar este fenómeno como signo del amor materno divino, aquí, en realidad, estamos ante un hecho sólo supuestamente inexplicable, pero en realidad no suficientemente examinado, y al que se le atribuye una categoría sobrenatural aún no demostrada, pues es insuficiente que un ingeniero haya hecho un solo control de un negativo.

Antes que todo, no es afirmación de la Iglesia

Aun suponiendo que a la luz que se ve en las fotografías no se le encontrase una explicación natural, lo único que constaría sería eso: que apareció una luz inexplicada. Eso no brinda suficiente base para afirmar con certeza que «la imagen de la virgen comenzó como a retirarse, para dar paso a una luz intensa que salía de su vientre con un brillo y halo divino con la forma de un embrión, y se hizo presente ante nuestros ojos Cristo no nacido, antes de nacer». Eso, si nos fijamos, no es describir lo que sucedió, sino precipitarse a interpretar como milagro algo a lo que no se le ha hallado una explicación normal.

Repetimos que es legítimo y conmovedor que lo haga así quien considere que Dios le está hablando en esa forma, pero eso no es, ni puede ser, afirmación oficial de la Iglesia Católica, ni de la Arquidiócesis de México y ni aún de las autoridades de la Basílica.

EL OBSERVADOR 621-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Por un (verdadero) Estado laico
Por Jaime Septién

La persona es un ser humano con igualdad de derechos y de dignidad. La función primordial del Estado es proteger esos derechos y salvaguardar esa dignidad. El Estado ignora su para qué cuando el legislador aprueba leyes que van en contra de la persona.

La cuestión es bien sencilla: si se es persona desde la concepción, el Estado debe proteger el primer derecho de toda persona que es el derecho a la vida. Es decir, tiene que proteger más fuertemente al que es más débil. Si no actúa el Estado como intermediario, como protector, el pez grande acabará por comerse al pez chico. No hay civilización en medio de la ley de la selva; no hay cultura en el sálvese quien pueda.

Se nos acusa ¯a los católicos¯ de ofender el principio del Estado laico. Según el laicismo radical moderno, el Estado laico es aquél que no considera los valores religiosos como valores en sí, como elementos positivos de vida en sociedad; es más, considera que estorban al progreso. Grave error. En realidad, el Estado laico es aquel que, no profesando ninguna religión oficial, protege el derecho de cada uno de nosotros a profesar una religión y a profesarla en público tanto como en lo privado, porque considera que la religión no es ningún peligro; la persona religiosa es capaz de trabajar por el bien del prójimo y la libertad religiosa está en el centro de una sociedad cohesionada.

Es decir, el verdadero Estado laico ¯que es una bendición de Dios¯ es el que protege y desarrolla los derechos y las libertades de la persona, de toda persona, comenzando por aquellos que se encuentran en posición de indefensión por alguna circunstancia (por no haber nacido aún, por ser minusválidos, por estar enfermos de gravedad, por ser ancianos…).

Un Estado laico defiende, primeramente, la vida. Es dificilísimo que, si no se defiende el derecho fundamental, se puedan defender con eficacia los demás derechos. Un Estado laico no puede discriminar a nadie: por raza, sexo, color de piel o por ser embrión, anciano o enfermo. Para nosotros, los defensores de ese Estado laico, la eliminación de un embrión humano ¯que si sigue el orden natural será un tipo humano como nosotros, como cualquiera de nosotros (que también fuimos embriones)¯ es una forma de discriminación y, por lo tanto, una ofensa directa al principio rector de la convivencia humana que es «el respeto al derecho ajeno», cuya consecuencia «es la paz».

La verdadera laicidad del Estado impediría ¯de facto¯ que unos decidieran sobre el derecho de los otros; más aún, que unos cuantos se asignaran, impunemente, el derecho a decir si otros tiene derecho o no tienen derecho a vivir.

Espero que la Suprema Corte de Justicia de la Nación tenga en cuenta estas consideraciones elementales y deseche, por inconstitucional, el bodrio que fabricaron PRD y PRI en el Distrito Federal con respecto al aborto, tal y como se lo han pedido la Procuraduría General de la República y el Defensor de los Derechos Humanos, José Luis Soberanes Fernández.

EL OBSERVADOR 621-2

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LA VOZ DE LOS PASTORES
¿Quién eres, Iglesia en América, para que la Madre de mi Señor haya venido a visitarte?
Homilía de monseñor Carlos Aguiar Retes, obispo de Texcoco y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano en Aparecida (Brasil)

¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Así contestó Isabel el saludo de María, quien presurosa subió a la montaña de Judá, al saber que su prima se encontraba encinta. ¿Quién eres Iglesia en América, para que la madre de mi Señor haya venido a visitarte? Así saludamos hoy, en esta Eucaristía, en esta V Conferencia General, desde este Santuario de Aparecida saludamos a María de Guadalupe, quien presurosa se hizo presente en la montaña del Tepeyac, al saber que estaba encinta un nuevo pueblo.

María e Isabel intercambiaron saludo y también compartieron las maravillas realizadas por Dios en ellas. La que llamaban estéril se volvió fecunda en plena vejez, y María, sin dejar de ser virgen, se convirtió en la Madre del Amor, en la Theotokos. ¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!, exclamó Isabel, llena del Espíritu Santo, y agregó: Dichosa tú por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.

El surgimiento de un nuevo pueblo

María e Isabel manifiestan dos actitudes muy importantes para la vida de los discípulos y para la vida de la Iglesia como discípula. Primero, la sensibilidad para atender a Dios y descubrirlo presente en sus vidas, aceptarlo como interlocutor y actuante en sus voluntades, y recibirlo asumiendo en la fe los planes del Señor. Segundo, la capacidad de buscar a quien también ha descubierto al Señor y sus acciones, y encaminarse para encontrarse con ella y compartir las maravillas que el Espíritu ha obrado.

María no solo ha visitado a su prima Isabel sino también ha hecho lo mismo con nosotros. María de Guadalupe se encuentra con San Juan Diego y le pide vaya en su nombre con el obispo de México para que le construya una casita donde pueda mostrar todo su Amor: el hijo de sus entrañas, a una sociedad que vivía en la confusión y el desconcierto, a un cruce de razas y culturas que era el surgimiento de un nuevo pueblo.

Hoy nuestros pueblos latinoamericanos, en medio de situaciones crónicas y reiterativas de inequidad creciente, autoritarismos que provocan violencia y corrupción, y bajo el influjo de la globalización, de la migración y movilidad humana, del intercambio cultural, atraviesan una etapa de transición, donde está surgiendo con dolores de parto la cultura adveniente que avizoró la III Conferencia General en Puebla, y ante lo cual el Siervo de Dios, Juan Pablo II, convocó a la Iglesia a una Nueva Evangelización.

El rostro de la misericordia divina

Hoy reconozcamos los dones recibidos gracias a la presencia de María en América. Necesitamos acudir y recurrir a ella para que nos muestre al Hijo que trajo al mundo, y, con su ayuda, multiplicada en la devoción mariana extendida en todos nuestros pueblos, podamos preparar a la Iglesia para afrontar los nuevos retos que están tocando las puertas de las familias y de la sociedad entera.

Seamos una Iglesia como María de Guadalupe que, inculturada, muestre el rostro de la misericordia divina para consuelo y fortalecimiento espiritual, para redescubrir la dignidad de toda persona, independientemente de raza, lengua, cultura y nación. Que promueva crecimiento y acompañe el desarrollo de los nuevos discípulos y misioneros de Jesucristo abrevándolos en la sabiduría del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza.

Con María, discípula y maestra, seamos una Iglesia que presurosa vaya al encuentro, tanto de quienes como Isabel, reconocen las maravillas que obra el Señor, como de quienes como san Juan Diego, atraviesan por la aflicción, el desconcierto, la incertidumbre, o la desesperanza. Seamos una Iglesia en estado permanente de misión.

Con María, oyente de la Palabra y su fiel servidora, seamos una Iglesia que viva lo afirmado en el libro de la Sabiduría: los que me escuchan no tendrán de qué avergonzarse y los que se dejan guiar por mí no pecarán. Los que me honran tendrán una vida eterna. Con María, mujer eucarística, seamos una Iglesia que redescubra y valore la Eucaristía dominical, y experimente que: Los que me coman seguirán teniendo hambre de mí, los que me beban seguirán teniendo sed de mí.

Con María, esclava del Señor, que camina en la obediencia a la voluntad del Padre y en la comunión como espíritu de vida, seamos una Iglesia que, apasionadamente entregada a la causa del Reino de Dios, sea casa para todos y escuela donde se aprenda por el testimonio de quienes la forman: la caridad, el amor.

EL OBSERVADOR 621-3

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REPORTAJE
En pleno secularismo: ¿aún hay quien se convierte?
Por Jorge Enrique Mújica / GAMA

Se hace grande eco de que el cristianismo está a la baja. Se hace pensar que creer es cosa de gente retrógrada o estancada en el pasado. A la religión se le suele poner la objeción de que carece de razones, de que priva de la libertad… Nada más lejano de la realidad. Hoy por hoy los casos de gente que a través de la fe le dan un feliz giro a su vida siguen sucediéndose. Las conversiones siempre han interpelado a la humanidad; quizá sea ese el motivo por el que algunos periódicos, canales de televisión, sitios de Internet y programas de radio les dediquen pocos espacios. Allá ellos. Lo cierto es que las conversiones están a la orden del día; siguen siendo una constante en la historia; una línea invariable que hunde sus raíces en la aparición del cristianismo y que se alarga hasta nuestro presente.

Vueltas a la fe en Cristo

Tres casos que han impactado recientemente a la sociedad han sido los de William «Bill» Murria, Francis Beckwith y Norma McCorvey. El primero es hijo de Madelyn Murria O´Hare, militante y atea radical asesinada en 1995, quien consiguió que las cortes de Estados Unidos suspendieran las oraciones en las escuelas públicas. William lidera la Coalición por la Libertad Religiosa y fue uno de los críticos más sonados de la labor de su propia madre.

Francis Beckwith fue hasta hace poco el presidente de la Sociedad Teológica Evangélica, cargo al que renunció para regresar al seno de la Iglesia en la que creció: la católica. El camino de regreso de Beckwith comenzó tras leer a los Padres de la Iglesia y constatar «que la Iglesia primitiva es más católica que protestante y que la visión católica de la justificación, correctamente comprendida, es bíblica e históricamente defendible». Una conversión, podríamos decir, de cariz intelectual.

El caso de Norma McCorvey no deja de llamar la atención: hace 34 años su caso sirvió para legalizar el aborto en Estados Unidos. Embarazada en 1970, inventó haber sido violada por una banda de pandilleros. Mientras se litigaba su caso ante la Corte Suprema nació su bebé que luego fue dado en adopción. De la triste experiencia como empleada en una clínica abortista y ante la maternidad de otra de sus hijas halló una luz que le llevaría al inicio del camino de conversión. En 1987 salió a la luz la verdad. No había sido violada, conocía al padre de su primer bebé y, posteriormente, en 1998, se convirtió al catolicismo: «Sí, ahora soy claramente pro vida y católica cien por ciento y si una mujer me dice que va aboratar le diría que hablara con su corazón y su sacerdote; después, que busque a una mujer que ya haya abortado y que le pregunte qué tal le fue».

Ahora está volcada a ayudar en el movimiento pro-vida. «Trato con muchas mujeres que han abortado y que ahora conocen al Señor y se han convertido. Todas me dicen lo mismo desde hace varios años: Norma, si hubiéramos sabido entonces lo que sabemos ahora, nunca habríamos abortado», ha declarado recientemente.

Cambio de religión

Ahí está también el caso de Nidal Ranatunga, ex principiante de monje budista y ahora primer sacerdote srilankés de la Orden de san Camilo. Atraído por la belleza del perdón y la alegría de servir a los demás, emprendió su camino hacia el cristianismo. Su andar fue sencillo: quinto de seis hermanos, nació en una familia budista pobre. Tras la muerte de su padre fue acogido para el servicio doméstico por una familia católica, ya que su madre no podía mantenerlo. Ahí comenzaría su deseo de hacerse monje budista pero por curiosidad empieza a ir a escondidas a la parroquia y, después de algún tiempo, como el mismo declaró a la agencia «Asia News», «me encontré, con estupor, rezando a la Virgen».

Tras cinco años volvió a su hogar y, tras seis meses de catequesis, fue bautizado. La vocación fue un paso natural. Llegó a Italia en 1992 y en san Giovanni Rotondo conoció a los religiosos de la orden de san Camilo. En 1994 ingresó en esa Orden y fue hecho sacerdote en 2004. Ahora es el padre Maximiliano Ranatunga y trabaja como uno de los seis capellanes del hospital San Camilo en Roma, además de atender a la comunidad de cingaleses que viven en esa ciudad.

También hay conversos homosexuales

Quizá el caso más conocido sea el del famoso escritor Oscar Wilde (autor, entre otros grandes libros, de «El retrato de Dorian Gray»). Pero hay otro que vale la pena rescatar y recordar: el del también escritor, aunque éste italiano, Pier Giorgio Tondelli.

Pier Giorgio, declaradamente homosexual, aunque ya converso hacia el final de su vida, dijo que la castidad «es una virtud mística para todos aquellos que la han elegido, y quizá el uso más sobrehumano de la sexualidad […] quien ama a la vida no es el libertino sino el monje, porque este último busca el absoluto». Pocos días antes de fallecer dejo unas notas conmovedoras que reflejaban el discurso hacia el que se decantó su vida: «Sólo salva el Amor, la fe y la recaída de la Gracia».

Científicos que dan testimonio

El «gremio» de los científicos tampoco ha dejado de tener sus representantes. Ciertamente el profesor Lejeune, figura emblemática del científico comprometido en la defensa y respeto a la vida, no fue un converso. Sin embargo su testimonio de vida bien nos hace recordar que, gracias a ejemplos como el suyo, es que se pueden dar las conversiones de otros. El profesor Jerónimo Lejeune fue quien descubrió el gen de la trisonomía 21, causante del síndrome de Down. Profesor de genética, consejero científico, ferviente católico, primer presidente de la Pontificia Academia para la Vida y, de no ser por su postura antiabortista, casi premio Nobel, fue ninguneado por quienes vieron en él a un opositor al aborto.

Giros de 180º: intelectuales escritores, religiosos, ateos…

Hay más casos que por espacio no podemos abordar uno a uno. A continuación hacemos un breve repaso por algunos países que tanto en el siglo XIX como en el XX conocieron una estela de conversiones aún hoy recordadas. En el caso judío, si bien no todas fueron conversiones al catolicismo (sobre todo al protestantismo, casos que van desde el del filósofo Max Scheler, pasando por la mediocridad del poeta Heine o la familia Wittgenstein, hasta Edmund Husserl), sí hubo algunas realmente significativas y profundas por la radicalidad de aceptación de la nueva fe abrazada. Los judíos son la veta más pequeña pero los hubo. Nombres como los de Eugenio Zolli, ex gran rabino de la sinagoga de Roma, Jean Mariae Lustiger, actual cardenal emérito de París, Novak o el ex «rey del aborto», Bernard Nathanson, son populares. En el ambiente francés son célebres las conversiones de grandes hombres como el luego P. Lacordaire (a quien va unida la reforma de los dominicos en Francia y una intensa actividad apostólica) o la de poetas, pensadores, novelistas y dramaturgos del calibre de Charles Peguy, Paul Claudel, Jacques y Raissa Maritain, Gabriel Marcel, Max Jacob, Leon Bloy, Charles du Bos, Jean Cocteau, Huysmans, Julian Green… o de científicos como Alexis Carrel y Pierre Lecomte; militares como Carlos de Foucault; teólogos como Louis Brouyer y escritores como André Frossard.

En Inglaterra el apellido por antonomasia es el del otrora cardenal Newman. A él se le unen nombres como el del historiador Charles Dawson o de escritores como G. K. Chesterton (cuya causa de beatificación ha sido introducida) y C.S. Lewis (este último sólo abrazaría el anglicanismo). Los clérigos, intelectuales, filósofos, novelistas y actores que migraron del anglicanismo al catolicismo son numerosos: Hugo Benson, Ronald Knox, Graham Green, Muriel Spark, Gerard Manley Hopkins, Edith Sitwell y Sir Alec Guinnes; o qué decir de Frederic Copleston, hecho incluso jesuíta, y Thomas S. Eliot quien se acerca al anglicanismo.

En el contexto alemán suenan los nombres de Eric Peterson y Heinrich Schlier, dos profesores luteranos de Sagrada Escritura integrados luego en la Iglesia católica. De la escuela fenomenológica de mediados del siglo pasado se dieron dos integraciones al catolicismo: Edith Stein (véase nuestro breve artículo en el siguiente enlace) y Von Hildebrand, y una doble al cristianismo luterano, el matrimonio Reinach. Del mundo de la literatura proceden Gertrud von Le Font, el novelista Alfred Doblin, el del premio nobel Ernst Junger o el autor del libro-entrevista al entonces cardenal Joseph Ratzinger, «Dios y el mundo», Peter Seewald.

En el mundo hispano los nombres no dejan de sernos familiares y, si cabe, más cercanos: Juan Donoso Cortés, Manuel García Morente (luego ordenado sacerdote), Carmen Laforet, Ernestina de Champourcin (convertida durante su exilio en México) y Ramiro de Maeztu. En Italia destacan las conversiones del escritor Vittorio Messori, la del empresario Leonardo Mondadori, la de la princesa Alessandra Bor-ghese, la de la novelista Susanna Tamaro o la del vaticanista de la prensa laica Domenico del Rio quien había abandonado el sacerdocio y recuperó la fe por el testimonio de Juan Pablo II.

EL OBSERVADOR 621-4

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INTERNACIONAL
Millones huyen de Zimbabue; la crisis aumenta dramáticamente

El presidente Robert Mugabe les advirtió a los obispos católicos de Zimbabue que se habían metido en terreno peligroso al haber escrito una carta pastoral en donde ponían en su puerta la culpa de la situación económica del país. Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) habló por teléfono con un sacerdote en Zimbabue, el cual mantuvo anónima su identidad. De acuerdo con estadísticas oficiales, 3 millones de personas de una población de 13 millones se han ido del país. Sin embargo, datos que no son oficiales sostienen que son alrededor de cinco millones. Más y más gente desea irse a Botswana, Sudáfrica, y hasta Australia y Nueva Zelanda. No hay resistencia abierta en contra del régimen, pues las personas están muy asustadas.

Los más afectados

Como es de suponer, las personas de mayor edad y los enfermos han sido los más afectados por la crisis. La Iglesia católica esta procurando ayudar lo más que se pueda. Sin embargo, necesita urgentemente la ayuda de otros países. La gente de Zimbabue confía en la Iglesia católica, y las parroquias están llenas. Regularmente, los viernes hay fieles orando y ayunando en el país. Uno de los mayores problemas es el control que tiene el Estado sobre los medios de comunicación.

Hay mucha tensión, y el Estado acusa a la Iglesia de ser responsable del sufrimiento de Zimbabue. A algunos párrocos y laicos comprometidos que vienen de fuera se les ha negado la renovación de su permiso de trabajo y la residencia. El Estado esta regulando estrictamente la ayuda de las campañas de la Iglesia católica. Las sanciones económicas están afectando al pueblo. La inflación ha alcanzado entre el 2200% y el 3000%, mientras el desempleo se mantiene en un 80%. Hace cinco meses pagué 11,000 dólares zimbabuenses por un pollo, hace un mes pagué 50,000 y ahora cuesta más de 100,000. «La gente se esta muriendo de desnutrición», dice el párroco.

Países culpables

El párroco también culpa a otros países de la situación de Zimbabue. «La mayoría de los países de África apoyan al gobierno y a la clase privilegiada. Las personas simplemente se ríen de la idea de Sudáfrica como mediadora. Es, simplemente, una farsa. La gente común sufre de desesperación». Sin embargo, el pueblo encuentra razones para confiar en la Iglesia. «La Iglesia puede ayudarlos proveyéndolos de información acerca de la situación del país. La gente necesita alimento y medicinas para sobrevivir; de lo contrario más y más gente va a morir. La Iglesia continúa ayudando lo mejor que puede. Pero ahora tiene el deber de informar a la gente de Zimbabue y al mundo acerca de la verdadera extensión de la crisis».

Fuente: AIN / Traducción: Alejandra Hoyos

EL OBSERVADOR 621-5

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LOS VALORES DE MÉXICO
Hacer visible la Verdad
Por Antonio Maza Pereda

Hace algunas semanas, a pesar de todos los esfuerzos de varios grupos civiles y de las principales religiones que se profesan en el país, se aprobó en la ciudad de México la legalización del aborto. No ha sido el primer Estado en hacerlo, pero por la visibilidad de lo que ahí ocurre, tiene una gran importancia.

Algunos podrían pensar que en esto ha habido un fracaso de quienes promueven la cultura de la vida. No hubo resultados; las reacciones, aunque abundantes, fueron relativamente escasas, se vio una aparente apatía de la población hacia este tema. Todos hicieron su mejor esfuerzo, pero no fue suficiente. Obviamente, hay que analizar lo ocurrido y obtener las consecuencias que de esto se pueden derivar.

En primer lugar, no se puede hablar de un fracaso. No fracasa quien da la buena batalla; hizo lo que consideró su deber. Lo demás está en manos de Dios. Además, han ocurrido hechos significativos a raíz de esta situación. Un terreno común en el que las diversas religiones que se practican en México encontraron un espacio de colaboración. Reacciones muy sanas de parte de la sociedad que no había visto la importancia del tema del aborto. Una discusión más amplia y, para quien ha querido oír, esclarecedora.

Por otro lado, conviene analizar los medios que se emplearon. ¿Fueron los más adecuados? En términos generales, usamos los métodos que utilizan grupos políticos: movilizaciones, manifestaciones, desplegados, cabildeo. No es que sean malos, pero ¿son los adecuados? ¿Tenemos la misma habilidad para usarlos que los oponentes de la vida? ¿Disponemos de los mismos recursos? Seguramente, no; ni en experiencia ni en dinero podemos igualarnos con ellos. Luchamos con las reglas y con las armas de otros.

No digo que no haya que seguir haciéndolo. Pero hay otros medios que debemos poner en juego. La oración: pedir de Dios lo mejor para nuestro país. Necesitamos una verdadera cruzada de oración; no unos cuantos ramilletes espirituales. Necesitamos hacer visible la Verdad: difundirla sin vergüenza, sin exageraciones, sin mentiras. Entender los argumentos de quienes promueven el aborto, estudiarlos, comprenderlos, exponer las falacias que contienen y atender los problemas reales; por ejemplo, el abandono de las mujeres que no encuentran una salida. Por supuesto, la no violencia. No caer en los ataques, incluso mortales, que han ocurrido en otros países. Y sobre todo, el Amor. Nunca olvidar el amor al prójimo. Esos son los medios que, nuestra fe nos dice, son los que darán eficacia a largo plazo. La Verdad nos hará libres.

EL OBSERVADOR 621-6

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FLOR DE HARINA
Cuatro funciones
Por el P. Justo López Melús

Ser cristianos no sólo es profesar unas verdades. Es preciso poseer las actitudes vitales correspondiente a tales verdades. No basta comunicar verdades. Hay que comunicar experiencias. No basta con unos ritos. Es preciso que las creencias impregnen la vida entera. Esto la Iglesia lo realiza a través de cuatro funciones en servicio del hombre:

1) Función de kerigma o predicación. El creyente ha de proclamar claramente el mensaje. Y ha de transmitirlo, sobre todo, con su propio testimonio. No sirve un mensaje rebajado. Ni un mensaje ofrecido con complejos y con una vida llena de ambigüedades.

2) Función de diakonía o servicio. Una religión de prácticas piadosas, que no aportara nada a los grandes problemas del mundo, no diría ya nada a los hombres de hoy, y merecería las invectivas de los antiguos profetas y de Jesucristo. Es urgente revalorizar la palabra «servicio», que con frecuencia se ha ocultado con el prestigio y la dignidad.

3) Función de koinonía o comunión. Crear unión y solidaridad. Fomentar vivencias cristianas en grupos. Compartir. Pasar del Banquete Eucarístico, de la participación comunitaria en la Mesa del Señor, a la comunicación cristiana de bienes. Ante un grupo desconocido de personas, ¿podríamos reconocer que son cristianos por su mutuo amor?

4) Función de exorcismo o liberación. «Cristo rompe las cadenas». Nos libera del egoísmo y de toda idolatría. Vivir la libertad de los hijos de Dios, para liberar al hombre de los demonios que le poseen en el campo del dinero, del sexo y del poder. Demostrar con la vida que no servimos a dos señores, que hemos expulsado a los ídolos de nuestro corazón.

EL OBSERVADOR 621-7

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EN LA ÓPTICA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
Beato Juan XXIII (1959-1963): «el Papa bueno de los signos de los tiempos» (1 de 3)
Por el padre Umberto Marsich, m. x.

En el cónclave que siguió la muerte del papa Pío XII, los cardenales, sorpresivamente, eligieron a un papa de 77 años de edad. El cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, hasta entonces patriarca de Venecia, tomó el nombre de Juan XXIII, cancelando así la figura insólita del antipapa del mismo nombre. Venía de la tierra de Sotto il Monte (Italia) y era hijo de campesinos. De carácter humilde, alegre, sencillo, paciente y amable con la gente, cuyo contacto inmediato y familiar siempre buscaba, se convirtió en aquel «papa bueno» que se dio a querer por todo el mundo.

Tres grandes bienes: verdad, paz y unidad

Más allá de todo pronóstico, su corto pontificado dio una vuelta a la historia de la Iglesia, por la inspiración de convocar el concilio ecuménico Vaticano II y por sus extraordinarias encíclicas sociales Mater et Magistra y Pacem in Terris. Gracias a este breve pontificado de transición inició la nueva era del «aggiornamento». En su encíclica programática Ad Petri Cathedram (1959) quiso señalar al mundo su voluntad de alcanzar y servir, en su pontificado, tres grandes bienes: la verdad, la paz y la unidad. Verdad inmanente y eterna, anunciada y buscada no obstante la obra de falsificación llevada a cabo por los medios de comunicación; unidad social y eclesial realizable en el amor y la justicia; paz, don de Dios, a construir sobre el fundamento de la verdad y de la unidad entre todos los hombres y entre todas las religiones.

Un papa optimista

El optimismo que lo caracterizó se fundaba en su mentalidad positiva y en su visión peculiar de la Iglesia, como aquella madre que abraza, místicamente, a todos los hombres y que une la tierra al cielo. Es, en su pensamiento, esta mística solidaridad entre Iglesia y humanidad la que puede transformar a la tierra en Reino de Dios. A la Iglesia, desde luego, «ciudad Celeste», le corresponde la misión de transformar la «ciudad terrestre». De esta visión eclesial nace, en Juan XXIII, la doctrina de la acción social y del compromiso temporal de los cristianos.

Los signos de los tiempos

Los años de Juan XXIII abren nuevos horizontes. Europa ya se estaba recuperando, después de la devastación de la guerra, y se percibían las primeras tímidas señales del deshielo en las relaciones entre los dos bloques ideológicos, americano y soviético. Es en este clima en el que Juan XXIII lee, con profunda esperanza, los «signos de los tiempos». El concilio Vaticano II, con una expresión tomada del lenguaje de Jesús mismo, designa como «signos de los tiempos» los indicios significativos de la presencia y de la acción del Espíritu de Dios en la historia. La advertencia que dirige Jesús a sus contemporáneos resuena fuerte y saludable también para nosotros hoy: «Sabéis interpretar el aspecto del cielo y no podéis interpretar los signos de los tiempos. ¡Generación malvada y adúltera! Pide un signo y no se le dará otro signo que el signo de Jonás» (Mt 16, 3-4).

Siguiendo la cronología de las dos grandes encíclicas de Juan XXIII, reflexionaremos, en un primer momento, sobre su doctrina social y en un segundo momento acerca de su doctrina política.

EL OBSERVADOR 621-8

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JÓVENES
Historia de un aborto (como me lo contaron)
Por Yusi Cervantes Leyzaola

No quería quedar embarazada, pero mi novio me dijo que no me preocupara. Usó condón. ¿No nos dicen en todos lados que eso es sexo seguro? Pues no lo fue. Casi al primer día del retraso de mi regla comenzó mi angustia. Me hice la prueba y resultó positiva. No podía creerlo. Entonces hice lo que debí haber hecho antes: investigué y supe que el condón tiene muchas fallas. ¿Ahora qué? Mis papás me habían dicho miles de veces que me cuidara, que no dejara que avanzaran de ese modo las cosas en la relación, que no querían que saliera con un embarazo. No podía decirles, no podía decepcionarlos. ¿Y qué iba a pasar con mis estudios? No podía dejarlos a medias. Me sentía asustada. Sólo me tranquilizaban las reiteradas declaraciones de amor de mi novio, sabía que podía contar con él. Por eso fue tan grande mi desilusión cuando se lo dije. Lo primero que gritó es que ese bebé no era suyo, que él se había protegido, que quién sabe con quién me había metido yo. Le expliqué lo de las fallas del condón, y de hecho ya lo sabía. Pero entonces dijo que lo sentía, que él no estaba preparado para ser padre. Que era mi cuerpo y que hiciera lo que quisiera; si me quedaba con el niño, no podría contar con mi novio, pero si decidía abortarlo, entonces sí, él me daría dinero para hacerlo.

Lloré semanas enteras, a escondidas, claro. Dos amigas me daban consejos muy distintos. Una, madre soltera, me aconsejaba tener a mi bebé. Decía que era muy difícil, pero que un hijo es una bendición. Pero yo la veía agobiada, había dejado la escuela, tuvo que ponerse a trabajar para mantener a su niña, ya no tenía amigos, no salía los fines de semana… La otra me comprendía: había pasado por lo mismo y había abortado para poder continuar su vida; ahora estaba muy contenta, con planes ambiciosos de postgrados, viajes y relaciones. Tú no querías este embarazo, me dijo. No es justo que a causa de esto tengas que cancelar tus planes de vida. Eres demasiado joven para asumir la responsabilidad de ser madre. Me convenció, me dejé convencer, me llevó al lugar donde ella había abortado. Mi novio estaba encantado, de lo más amable y considerado. Me acompañó todo el tiempo.

La clínica era sombría, fría. La enfermera me regañó al ver mi angustia: No es para tanto, en un rato vas a estar fuera y todo va a haber pasado, lo vas a olvidar y te vas a sentir liberada. Yo tuve la sensación de que mi bebé gritaba en mi vientre, pero no quise escucharlo. En el momento del aborto sentí un gran dolor en el corazón, una pérdida muy grande. Y más grande aún fue cuando alcancé a ver un instante el cuerpecito de mi bebé que la enfermera tiraba a un cubo de deshechos. Quise gritar que me lo dieran, para darle una sepultura digna, pero me quedé callada.

Salí llorando. Mi novio trató de tranquilizarme y de convencerme de que había hecho lo correcto. Pero yo seguí deprimida y la comprensión de mi novio se agotó: sin terminar conmigo, se fue alejando. Ya no estaba interesado en mí. Al principio no me di cuenta, porque comencé a tener malestares y sangrados. Mi mamá me llevó al ginecólogo. Tuve que contarle la verdad. Él me explicó que había interrumpido bruscamente un proceso natural y que mi cuerpo lo estaba resintiendo. También me alertó de más riesgos de los normales en futuros embarazos. Mis trastornos no llegaron a más, lo más difícil fue que tuve que confesar la verdad a mis padres. Fue muy grande mi sorpresa cuando, en lugar del enojo y los regaños que esperaba, la noticia les provocó gran tristeza. Pocas veces he visto llorar a mi papá, y esa noche lo hizo. Les pregunté por qué les afectaba tanto. Entiende, respondió mi madre, perdimos un nieto. También les dolía enormemente que no hubiera confiado en ellos y que no tuviera la certeza de que me habrían apoyado en todo.

Ya pasaron diez años de todo esto. A diferencia de mi amiga, nunca me sentí contenta con lo que hice. Me sentí culpable, y ella decía que los sentimientos de culpa eran un invento de la Iglesia para controlarnos. Pero en ese tiempo yo estaba lejos de la Iglesia, mis sentimientos de culpa eran auténticos, algo en mi interior me gritaba que había asesinado a mi propio hijo. Me di cuenta de que, aún cuando no quería un embarazo, éste había sido consecuencia de mis actos y que debí haber asumido esas consecuencias, sobre todo considerando que estaba en juego la vida de un ser humano, él sí completamente inocente. Finalmente me fui a confesar y recibí ayuda espiritual y psicológica para pedir perdón a Dios, a mi bebé y para perdonarme a mí misma y al padre de mi hijo, a quien no he vuelto a ver.

He sanado en mi interior, pero el dolor sigue ahí; no hace tanto daño como antes, pero jamás podré cambiar el hecho de que perdí, por mi irresponsabilidad, el don más hermoso que tuve: un hijo. Sé que puedo estar en contacto con él y amarlo, porque es un espíritu que está en el cielo, con Dios; pero yo lo extraño en la tierra. Terminé mis estudios, tengo éxito en mi trabajo. No he podido mantener una buena relación con ningún hombre, pero ya me siento lista para lograrlo.

La vida de mis amigas también ha cambiado. La madre soltera tiene una hija preciosa, un encanto de niña, y ya no es soltera. Tiene a un buen hombre como esposo y dos bebés. Está dedicada a sus hijos y no trabaja en estos momentos, pero sí logró titularse. Cuando su hija cumplió tres años, ella volvió a la escuela. Fue muy pesado, pero terminó la carrera y hasta trabajó un tiempo, hasta que nació su segundo hijo. Ahora tiene nuevas amistades. La veo plena y me alegro por ella. La que abortó, en cambio, sigue presentando una imagen de alegría y de éxito, pero yo, que la conozco, veo en ella amargura y soledad. Tiene un excelente trabajo, pero no sé qué hace. Es como si se estafara a sí misma; maltrata a sus novios de una forma sutil, ella ni cuenta se da, pero tampoco escucha consejos, y pasa de un novio a otro.

En cuanto a mí, cada año ofrezco una Misa en el cumpleaños de mi bebé. Te cuento y te pido que escribas esta historia ¯soy mala para redactar-¯ con el deseo de que otras mujeres puedan ahorrarse tanto sufrimiento y que algunos bebés no mueran. Si un solo bebé salva la vida después de que su madre lea mi experiencia, habrá valido la pena.

EL OBSERVADOR 621-9

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RESUELVE TUS DUDAS
¿Por qué hay personas que se llaman Jesús?

Pregunta:
¿Por qué la Iglesia permite que la gente pueda llevar el nombre de JESÚS si en la Biblia dice que toda rodilla se doblará al escuchar este nombre ya que es el nombre sobre todo nombre? ¿No es una falta de respeto sobre todo por los apodos y lo que se pueden llegar a insultar en algún pleito?

Gabriela.

Respuesta:
Ciertamente el nombre Jesús asignado a cualquier persona se presta para un mal uso, e incluso a que la persona que lo lleva haga quedar mal a los que se llaman Jesús. Sin embargo, la Iglesia tiene que ser sumamente prudente con lo que prohíbe. El nombre de Jesús ya existía antes de la encarnación de Jesucristo y hasta nuestros días puede seguirse usando en culturas en las que la Iglesia no tiene ninguna influencia. Así pues, el mal uso del nombre es algo prácticamente inevitable, y sería absurdo tratar de impedirlo con una prohibición.

Cuando san Pablo dice: «Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos...» (Flp 2, 10), no está dando una orden con la esperanza de que se cumpla, sino profetizando un misterio que ocurrirá al final de los tiempos cuando Dios «ponga a todos sus enemigos bajo sus pies» (1Co. 15, 25). Al final toda rodilla se va a doblar ante Jesús por gusto o a la fuerza. Nosotros esperamos ser de los que lo hagan por gusto. Cuando San Pablo habla del nombre, no se refiere al nombre en cuanto secuencia de sonidos o signos que identifican a una persona, sino como el recuerdo, la evocación, la presencia en nuestra mente de la persona de Jesús, el Hijo de Dios. Cuando pensamos en alguien, lo primero que viene a nuestra mente es su nombre. Cuando decimos «en el nombre de Jesús» queremos decir «en su honor» y pensando en él, tomando en cuenta su persona y sus mandamientos. Lo que hace sagrado el nombre de Jesús no es el nombre en sí, sino la persona a la que representa. Existen devociones basadas en la mención o repetición del nombre de Jesús que muchos testimonios confirman que son muy efectivas pero, también en este caso, no es el sonido el que dispensa la Gracia, sino el recuerdo y la invocación de Jesús, el Salvador.

Walter Turnbull.

¿Tienes dudas relacionadas con la religión? Haznos llegar tus preguntas; nos comprometemos a darte una respuesta por este medio. Llámanos o escríbenos:

EL OBSERVADOR 621-10

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FAMILIA
La familia, primera y última educadora en el amor
Entrevista con el cardenal Carlos Amigo Vallejo, OFM, miembro del Pontificio Consejo para América Latina
Por fray Gilberto Hernández García, OFM

Monseñor Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Sevilla, España, y cardenal de la Iglesia es miembro del Pontificio Consejo para la Salud y de la Comisión Pontificia para América Latina. En la última asamblea plenaria para preparar la V CELAM, el tema de la familia en América Latina fue fundamental. Estas son algunas de las reflexiones que compartió durante su más reciente visita a México.

Recientemente, en la capital de México, se ha despenalizado el aborto. ¿Cómo lesiona a la familia esta situación?

Los obispos mexicanos han hablado de una manera muy clara y contundente sobre este tema. Para nosotros como cristianos y para todas las personas de buena voluntad la vida nunca es negociable; la vida es lo más valioso, lo más sagrado y cualquier atentado que se haga contra la vida en cualquiera de las etapas de su existencia, desde el primer momento de la formación hasta el último momento de su existencia en la tierra, atenta contra la misma dignidad de la persona y de la sociedad.

¿Cómo percibe la situación de la familia hoy en día?

La familia, a pesar de tantas cosas, continúa siendo el grupo social más valorado. Se hacen encuestas donde preguntan: «¿Usted por quién daría la vida? Y responden: «por la patria», «por la bandera», «por estos valores», «por estas ideas», pero invariablemente la gente afirma que daría la vida por la familia. Es lo más valorado y al mismo tiempo ¯hay que reconocerlo¯también, posiblemente, es el grupo social que tiene que sufrir más agresiones, que tiene que sufrir mayores vacíos, incluso legales, porque a veces la familia está muy desprotegida. [El concepto] «familia» también se entiende con algunos equívocos muy grandes. Una cosa es la posible convivencia de personas y otra es la familia, como esa comunidad de vida y amor; indiscutiblemente y a pesar de todo, la familia continúa siendo lo más valorado y digamos que, cuando todo se hunde, al final lo que flota, si algo flota, es y ha sido siempre la familia.

¿Qué tendríamos que hacer los cristianos para revitalizar este núcleo fundamental que es la familia?

Hay algo fundamental: el día que nosotros unamos parroquia, familia y escuela, ese día habremos puesto las bases fundamentales. Lo mejor que podemos hacer por la familia es ayudarle a que sea ella misma; y se le ayuda, sobre todo, educando a las apersonas para el amor; indiscutiblemente el amor no es una frivolidad, no es un sentimiento pasajero, es la valoración de las personas de tal manera que se identifica uno con la persona que quiere y esa unión se vive mejor en el matrimonio, con los hijos; la familia debe ser educadora en el amor.

Usted habló de sentidos agravios a la familia. ¿ Qué puede puntualizar en cuanto a ellos y qué hay detrás de estos ataques?

Estos acosos a la familia son de distinta índole: los hay económicos; la familia que está muy poco protegida por las leyes sociales; en algunos países está muy a la intemperie, y cualquier cosa, por ejemplo la pérdida del empleo, hace que la familia quede desprotegida en cuestiones de seguridad social y laboral, tan importante para la familia. Viene también el acoso de la permisividad moral; esto es un acoso muy grave porque hay como un relativismo total, no hay una valoración ética de la vida; en España hay aquello que llamamos el «divorcio express», el divorcio rápido, y pues claro, ¿qué familia, qué matrimonio no pasa por situaciones difíciles? Por cualquier veleidad se puede destruir una familia. Hay también acosos ideológicos muy fuertes. Por ejemplo, una filosofía de la imposibilidad de la estabilidad, de un amor para toda la vida, todo eso está en el ambiente: «¿Cómo que te vas a casar para toda la vida? ¡Esto es absurdo!» O que «el amor se termina». Entonces hay que educar a la familia para que el amor no se termine de ninguna manera. Todos estos son acosos que van desde leyes que desprotegen o pocas leyes que la protegen hasta ideologías que no son capaces de comprender que la unidad e indisolubilidad de la familia es uno de los grandes valores de estabilidad social.

¿A quién le conviene provocar y promover estas situaciones?

Es una pregunta que nosotros nos hacemos muchas veces: ¿por qué molesta que la familia se convierta en algo sólido? Supongo que la familia puede ser para algunas ideologías un punto que les debilita; uno no sabe quién esta detrás de todo esto y si es un tipo de acción ideológica, es una filosofía, es una política… no sé. A mí me resulta muy difícil identificar a quién y por qué molesta la familia, cuando debería ser al revés. Se piensa que la familia es un elemento conservador; entonces todos tendríamos que apoyarla porque lo que se necesita en un estado, en un país, es precisamente un asiento fuerte que nos dé consistencia social.

EL OBSERVADOR 621-11

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FIN

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