El Observador de la Actualidad

EL OBSERVADOR DE LA ACTUALIDAD
10 de junio de 2007 No.622

SUMARIO

bulletPORTADA - Hacia una nueva «teología de la comunión» en nuestro continente
bulletCARTAS DEL DIRECTOR - Una Iglesia más fiel
bulletLA VIDA Y LA CULTURA DE LA MUERTE - El aborto y las creencias
bulletREPORTAJE - Ante el enfermo terminal: eutanasia, ¿sí o no?
bulletCOLUMNA ABIERTA - San Pablo y san Juan
bulletEN LA ÓPTICA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA - Beato Juan XXIII: «el Papa bueno de los signos de los tiempos» (2 de 3)
bulletPANTALLA CHICA - Despenalización para los que roban los huevos de tortugas
bulletCOMUNICACIÓN - Diez principios para ir al cine
bulletDICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA - Alfonso López Quintás
bulletA través de los ojos de la fe
bulletJÓVENES - Súplica al viento
bulletINTIMIDADES –LOS JÓVENES NOS CUENTAN- Tengo un amigo deprimido
bulletCARTAS A EL OBSERVADOR - Solteros del Ave María es una buena opción

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PORTADA
Los impactos de la reunión de Aparecida
Hacia una nueva «teología de la comunión» en nuestro continente

El documento final proclama, en sustancia, un nuevo impulso para «ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda».

El mensaje que la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe dirigió a los pueblos en ella representados se condensa en esta frase: «Hemos asumido el desafío de trabajar para dar un nuevo impulso y vigor a nuestra misión en y desde América Latina y el Caribe».

Cinco puntos fueron motivo de diálogo y acuerdo en esta Conferencia:

1) Jesús, Camino, Verdad y Vida

Somos amados y redimidos en Jesús, Hijo de Dios, el Resucitado, vivo en medio de nosotros; por Él podemos ser libres del pecado, de toda esclavitud y vivir en justicia y fraternidad. ¡Jesús es el camino que nos permite descubrir la verdad y lograr la plena realización de nuestra vida!

2) Llamados al seguimiento de Jesús

El llamado a ser discípulos-misioneros nos exige una decisión clara por Jesús y su Evangelio, coherencia entre la fe y la vida, encarnación de los valores del Reino, inserción en la comunidad y ser signo de contradicción y novedad en un mundo que promueve el consumismo y desfigura los valores que dignifican al ser humano.

3) Todos discípulos y misioneros

Todos en la Iglesia estamos llamados a ser discípulos y misioneros. Estamos llamados a ser Iglesia de brazos abiertos, que sabe acoger y valorar a cada uno de sus miembros. Por eso, alentamos los esfuerzos que se hacen en las parroquias para ser «casa y escuela de comunión», animando y formando pequeñas comunidades y comunidades eclesiales de base, así como también en las asociaciones de laicos, movimientos eclesiales y nuevas comunidades.

4) Al servicio de la vida

En fidelidad al mandato misionero. Jesús invita a todos a participar de su misión. ¡Que nadie se quede de brazos cruzados! Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo con creatividad y audacia en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes difíciles y olvidados.

Como fermento en la masa. Seamos misioneros del Evangelio no sólo con la palabra sino, sobre todo, con nuestra propia vida, entregándola en el servicio, inclusive hasta el martirio.

5) Comunidad de amor

Nosotros, participantes en la V Conferencia General en Aparecida, y junto con toda la Iglesia «comunidad de amor», queremos abrazar a todo el continente para transmitirles el amor de Dios y el nuestro. Deseamos que este abrazo alcance también al mundo entero.

EL OBSERVADOR 622-1

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CARTAS DEL DIRECTOR
Una Iglesia más fiel
Por Jaime Septién

A muchos católicos ha sorprendido que el papa Benedicto XVI no viaje tanto como Juan Pablo II y que, cuando visita algún país, como por ejemplo Brasil, sus apariciones públicas, sus homilías y sus discursos no contengan grandes proclamas de cambio sino, al contrario, mensajes que vuelven a la raíz del cristianismo, a las bases de la fe.

Desde el principio de su pontificado, analistas que saben de estas cosas dijeron que el papa Benedicto XVI no iba a adaptar a la Iglesia a los tiempos sino que iba a adaptar los tiempos a la Iglesia. Sus primeros actos como sucesor de Pedro lo delineaban así. Ahora, tras la Quinta CELAM, podemos asegurar que es verdad: que el Santo Padre quiere una Iglesia definitivamente aferrada a la Cruz de Cristo, menos espectacular pero mucho más fiel.

Por ejemplo, a la llamada «teología de la liberación» que tanto furor causó (y sigue causando) en América Latina, el Papa le ha opuesto una «teología de la comunión», es decir, un trabajo conjunto, respetuoso, misionero, arriesgado y valiente por restituir al «Continente de la Esperanza» sus raíces cristianas bajo el influjo del amor y no de la división; bajo el manto de Santa María de Guadalupe no bajo el (horadado) mantón de las ideologías.

Benedicto XVI ha visto el riesgo que corre el cristianismo actual, tanto en Europa como en América. El riesgo de que volvamos a la Iglesia una especie de ONG filantrópica en algunos casos, guerrillera en otros. El riesgo de desnatar la liturgia y volverla un show como los de la tele. El riesgo de romper el vínculo sagrado de la vida cristiana para hacerla más popular, más accesible, más ligera, juvenil, atractiva y «jaladora».

¬ San Benito, el verdadero fundador de Europa, se retiró a las cuevas de Subiaco antes de caer en la vorágine de las universidades de su tiempo. Desde la soledad y la oración erigió la vida monástica y con ello la civilización cristiana. Benedicto XVI está haciendo algo muy similar: está tomando distancia del acelerado pulso del mundo actual. Es la distancia del discernimiento previo a la acción que, de verdad, transforma. No una huída, como creen algunos atolondrados, sino una vuelta a los orígenes, a las primeras comunidades cristianas.

Sufrirá la indiferencia de muchos corazones —dizque cristianos— amoldados a lo burgués de la justificación, a la vida muelle y regalada, a una iglesita de sentimientos y bonitas intenciones. Pero esos no le importarán demasiado. Tampoco a Jesús le importaron. De hecho los vomitaba.

EL OBSERVADOR 622-2

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LA VIDA Y LA CULTURA DE LA MUERTE
El aborto y las creencias
Por Honorio López Alfonso
Los creyentes proabortistas, aunque sean ateos, tienen un credo tan credo como cualquier credo

— En nombre de tus creencias —me dijo— tú no puedes imponernos tu modo de pensar sobre el aborto.

Y, en nombre de las tuyas —le dije— ¿tú si puedes hacerlo? ¿Alguien te ha dado una bula especial?

Las mías no son creencias —me respondió— son verdades actuales y progresistas.

Puedes creerte —le repliqué— ese dogma tuyo, pero, ¿tiene algún fundamento?

¿Todos somos creyentes?

En los debates sobre el aborto y demás cuestiones en torno a la vida se da un fenómeno curioso. Los proabortistas piensan que ellos no están contaminados por sus creencias. Más aún, la mayoría de ellos piensan que no las tienen. Pero sucede que la realidad dice otra cosa.

Tú, amiga lectora, crees en Dios, y tú, amigo lector, crees en Jesucristo resucitado. Ellos creen que Dios no existe; lo creen, nunca lo han demostrado. Ellos creen que los muertos no resucitan; lo creen, pero nunca lo han demostrado. Creen que somos hijos de la ciega evolución, sin ninguna intervención del Creador; lo creen, pero nunca lo han demostrado.

Y sus creencias contaminan inevitablemente sus opiniones y su propaganda. Ellos pueden creer dogmáticamente que su postura es científica, progresista y libertaria. Lo creen, pero no lo han demostrado.

El problema extraño es que hay católicos acomplejados que «compran» esa baratija mental que los otros les venden por todos los medios, como si fuera una joya auténtica.

Si un político es agnóstico-laicista o ateo puede implementar e imponer sus creencias y sus píldoras y sus abortos sin complejos. Si un político es católico no puede ni hablar de sus opiniones; eso sería meter sus creencias en los campos de las leyes. Pero, si es ateo, agnóstico y militantemente laicista, sí puede hacerlo. ¿Entiende usted esto? Es decir, sus creencias sí se pueden imponer; las de los católicos no se pueden ni expresar. ¡Viva la señora democracia!

Soy acérrimo partidario de la separación de la Iglesia y el Estado, pero tampoco deseo que la «iglesia laicista» se convierta en la iglesia oficial del Estado. Y eso es lo que está sucediendo, especialmente en los países occidentales. Y nos venden todo esto como adelanto, cuando es una forma clandestina de regresar al pasado. ¿Separación de la Iglesia y el Estado? Sí, pero también separación de la «iglesia laicista» y el Estado.

Y los proabortistas y otros más forman hoy una especie de «iglesia laicista» con su credo y sus dogmas; y, fuera de sus dogmas, todos los demás somos excomulgados a las tinieblas exteriores del fundamentalismo.

El Credo del relativismo laicista

Las caricaturas son exageraciones, pero están hechas a partir de la realidad. Y este Credo, que aquí escribo, también parte de la realidad. Desde este Credo se montan normalmente las compañas del aborto. Y es un credo tan credo como otro credo cualquiera.

1. Dogma primero: Creo en el ciego Big Bang (o gran explosión inicial), padre mágico e inconsciente, creador por azar de cielos y tierra, de todo lo visible y lo invisible.

2. Dogma segundo: Creo en el hombre, hijo de la mecánica materia evolutiva y hermano del hombre como un caballo es hermano de otro caballo.

3. Dogma tercero: Creo en nuestra Señora la Nada, destino final de cuanto alienta inútil y provisionalmente sobre la tierra (Al final, haber sido Francisco de Asís o Hitler es lo mismo).

4. Dogma cuarto: Creo que toda religión (especialmente la cristiana) es una enfermedad mental, hija de neuronas engañadas.

5. Dogma quinto: Creo que la libertad es una apariencia sin contenido real, pues estamos programados por la ciega materia. Una sinfonía de Beethoven y un asesinato son igualmente hijos de la ciega evolución.

6. Dogma sexto: Creo que la moral es un consenso cambiable y provisional a merced de las conveniencias de quienes influyen y mandan en cada momento.

7. Dogma séptimo: Creo que los derechos humanos son aquellos que imponen los diputados, los senadores o las huestes de la ONU o de Planned Parenthood. Y, por eso, los derechos del engendrado o del nacido comienzan cuando ellos lo dicten.

8. Dogma octavo: Creo que el Estado de mi país y la ONU y el Banco Mundial, etc., han de propagar y subvencionar el credo de «la iglesia laicista» a través de todos los medios. Más aún, no deben dar ayudas ni préstamos a los países que no acepten este Credo.

9. Dogma noveno: Creo que los creyentes en el relativismo laicista somos los listos, los progresistas, los tolerantes, los modernos, los guapos.

10. Dogma décimo: Creo que este credo es el correcto y, por lo tanto, todos los demás son fundamentalistas. Amén.

(Nota: En nuestra «iglesia del relativismo laicista» le damos a comulgar «el sandwich de Hollywood». Está confeccionado con: dinero, sexo, abortos, violencia y salsa cristofóbica. Se fabrica y se vende especialmente en los países adelantados. ¡Pase y compre! Si en su atrasado lugar no lo hay, se lo enviamos por Internet).

Detrás de los debates

¿No sucede así, mis amigas y amigos? ¿No están, detrás de los debates, los diferentes credos? Unos con más sustancia, otros con menos. Y la ciencia es una criada de la cual todos se sirven.

Pero el credo peor es aquel que se tiene sin saber que se tiene, aquel que se tiñe las canas de ciencia y de progresismo para aparentar que es joven y atrayente. Pero es tan antiguo y acientífico como el de los espartanos que tiraban y despeñaban a sus hijos nacidos con defectos por el monte Taijeto, (y estamos hablando del siglo sexto antes de Cristo, lustro más, lustro menos).

Pero, mientras haya católicos acomplejaditos, que se compran el disfraz progresista de los otros como cosa moderna, será difícil que contagiemos vida y defendamos bien la vida aún no nacida, y la ya nacida. ¿No te parece?

EL OBSERVADOR 622-3

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REPORTAJE
Ante el enfermo terminal: eutanasia, ¿sí o no?
Por el padre Fernando Pascual

Los progresos en medicina han cambiado la vida de muchas personas. Son notables los avances técnicos de los últimos cien años. Gracias a descubrimientos y a aparatos altamente sofisticados, muchas enfermedades antes incurables pueden ser vencidas o, al menos, pueden evitarse muertes prematuras.

¿Y si no se cura?

Existen, sin embargo, situaciones en las que no resulta claro hasta dónde debería llegar la intervención médica, o cuál debería ser la mejor manera de tratar a un enfermo. De manera especial, cuando el equipo médico no puede curar a una persona, cuando constata cómo la enfermedad avanza inexorablemente, surgen no pocas veces dudas sobre hasta dónde es lícito actuar, y cuándo habría que suspender terapias ineficaces, costosas o dañinas para el mismo enfermo al que se pretende ayudar.

No es fácil ofrecer criterios generales para las distintas situaciones por las que atraviesan los enfermos terminales. Vamos a limitarnos a recorrer algunos principios que son en parte el resultado de la reflexión ética elaborada recientemente.

La dignidad no se pierde con la enfermedad

El primer criterio nos dice: cada enfermo conserva siempre su dignidad, y goza de una vida que le permite seguir entre nosotros. Por lo mismo, merece el máximo respeto y las mejores atenciones médicas, psicológicas, afectivas.

Imaginemos un enfermo que sufre mucho, que depende de complicados aparatos, que necesita la ayuda de calmantes que lo privan de la plena conciencia, que debe recibir frecuentes transfusiones de sangre. Este enfermo no puede ser visto simplemente como «una cama ocupada» o como un «gasto excesivo» para el hospital. Debemos recordar siempre que estamos ante un ser humano. Considerar que su vida vale menos porque no es productiva, o porque no puede realizar muchas actividades humanas, o porque depende de la ayuda de la ciencia médica y de tecnologías más o menos costosas, es caer en una mentalidad discriminatoria que ha provocado injusticias sumamente graves a lo largo de la historia humana.

El enfermo merece saber la verdad

El segundo criterio depende en parte del anterior: el enfermo ha de ser informado de su estado de salud y de las alternativas que la moderna medicina ofrece para atender la última etapa de su vida. Esta información debería incluir aquellas terapias experimentales que tal vez serían capaces de lograr un importante beneficio terapéutico. A partir de la información recibida, el enfermo debe ser escuchado y comprendido en sus deseos y aspiraciones, incluso cuando rechaza algún tratamiento que puede ser visto como excesivamente doloroso.

Sin embargo, cuando el enfermo pide al equipo médico que realice algún acto que vaya contra la moral médica (como, por ejemplo, un suicidio asistido), tal petición no debe ser atendida, en cuanto contraria al respeto al mismo enfermo (necesitado, en esas ocasiones, de una especial ayuda espiritual y psicológica). Pero son muchos los casos,en especial cuando se pierde completamente la conciencia, en los que el enfermo no podrá manifestar su parecer. En tales casos, toca a los familiares el determinar con los médicos el mejor tratamiento a ofrecer, siempre en vistas a lograr buenos resultados según el estado general del enfermo y los progresos actuales de la medicina.

Evitar el ensañamiento terapuético

El tercer criterio nos recuerda la obligación moral de omitir aquellos actos técnicos que llevan a prolongar la agonía innecesariamente o a aumentar los dolores del enfermo sin ningún beneficio para su salud. Es decir, hay que evitar cualquier tipo de «ensañamiento terapéutico».

¿Cómo saber si este acto médico es excesivo, es ensañamiento? A través de la constatación de dos aspectos: primeramente, por su ineficacia (no produce la curación o no conduce a una mejora sustancia); en segundo lugar, por producir graves dolores para el paciente (algo recogido también en la doctrina católica, como afirma Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae, n. 65).

El cuarto criterio nos dice que deben ser aplicados en favor del enfermo todos aquellos tratamientos que puedan aliviar su dolor y hacer más llevadero el decurso de su enfermedad en la etapa final. Tales tratamientos necesitan ser valorados atentamente en función de los beneficios concretos que se espera produzcan en el enfermo terminal.

Junto a los tratamientos orientados a la curación y a la paliación del dolor existe una serie de atenciones que deben ser ofrecidas siempre, como son la nutrición/hidratación, la atención del dolor y la higiene física. Omitir estos tratamientos implica abandonar al enfermo a su suerte y provocarle, por omisión, la muerte. Es decir: cometer un homicidio, hacer un acto de eutanasia.

*********

¿Eutanasia camuflada en México?
Por Elías Saavedra / Equipo Gama

El enfermo tiene derecho a decir «no» a un tratamiento excesivo. Tal derecho existe antes de cualquier ley y pertenece a la misma ética médica, que pide al personal sanitario servir al enfermo y acompañarlo en su enfermedad con el máximo respeto que merece como ser humano siempre digno.

Pero confundimos a la opinión pública si al defender tal derecho nos ponemos a hablar sobre la eutanasia. Porque una cosa es decir «dé-jenme morir en paz» (y todo enfermo terminal puede pedir legítimamente esto) y otra cosa es dar permiso a algunos para acabar con la vida de los enfermos. Aunque sea el mismo enfermo el que diga «acaben con mi vida».

Siempre será correcto suspender tratamientos médicos que ya no curan y que sólo sirven para alargar la agonía. Pero nunca lo será actuar para provocar la muerte del enfermo, para matar.

Por eso resulta extraño ver que se presenta en México una ley para defender el derecho del enfermo a decir «no» a tratamientos que considera excesivos y, al mismo tiempo, pedir que se modifique el artículo 312 del Código Penal mexicano. En ese artículo se prohíbe la asistencia al suicidio y se imponen serias penas a quienes ayudan o inducen a otra persona al suicidio.

¿Por qué, entonces, algunos quieren modificar esta ley en relación con el derecho a suspender tratamientos médicos excesivos? ¿Quizá porque se piensa, erróneamente, que en algunos casos «suspender un tratamiento curativo» sea lo mismo que cometer un suicidio asistido? Es obvio que se trata de dos cosas distintas. Entonces, no habría que modificar, para nada, el artículo 312 del Código Penal, pues estamos ante dos situaciones completamente distintas.

¿Será, en cambio, que algunos desean preparar el terreno para que un día el suicidio asistido de un enfermo terminal sea considerado algo plenamente legítimo? Esta parece ser la intención de quien defiende modificar el mencionado artículo 312.

Debe quedar claro, lo repetimos, que nunca «suspender un tratamiento curativo» podrá ser algo idéntico a un suicidio asistido. Pero uno tiene motivos para sospechar que el nuevo proyecto de ley pretenda permitir tal suicidio asistido.

No nos dejemos engañar. Para evitar el ensañamiento terapéutico no hay que modificar para nada la normativa vigente sobre el suicidio asistido. Llamemos a las cosas por su nombre: la eutanasia, incluso disfrazada de asistencia a un suicidio, siempre será un crimen. Aunque sea camuflada con leyes.

EL OBSERVADOR 622-4

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COLUMNA ABIERTA
San Pablo y san Juan
Por Walter Turnbull

San Pablo era sin duda un hombre formidable. El primero después del único, han dicho algunos. Una personalidad impactante. Hombre de muchas cualidades y amplísima instrucción pero sobre todo de una gran docilidad al Espíritu Santo. Poseedor de una enorme sabiduría, en sus escritos encontramos una significativa parte de las verdades que integran la doctrina cristiana, fruto de su conocimiento personal de Cristo. Incansable viajero y evangelizador, recorrió varias veces casi todo el mundo conocido en aquel entonces. Tal parece que con su labor contribuyó a esparcir el Evangelio más que todos los otros apóstoles juntos. Y todo esto derrochando alegría por todos lados, a pesar de una vida llena de calamidades y un aguijón en la carne que lo atormentó día y noche hasta el fin de sus días, pero que nunca lo doblegó. Cómo me recuerda a nuestro querido Juan Pablo II, El Grande. Dos gigantes irremplazables.

Escuché alguna vez, en una buena homilía, que san Juan, ya en sus últimas etapas, siempre que adoctrinaba a su comunidad les hablaba del amor de Cristo. «Oiga, Maestro —preguntó en una ocasión uno de sus feligreses—, ¿qué no podría alguna vez hablarnos de otra cosa?». Y san Juan, después de pensarlo un momento le respondió: «No, no puedo hablar de ninguna otra cosa: el amor de Cristo es lo único que importa».

Y es que san Juan era el discípulo «que conoció el amor de Cristo». Tenemos en san Juan al más profundo teólogo de las Escrituras, el que mejor conoció a Jesús, porque a Jesús se le conoce con el corazón, sintiendo y viviendo su amor. Y sin ser el más fuerte ni el más intrépido, fue el que estuvo al pie de la Cruz y el que tuvo en su casa a la Santísima Madre del Señor. En sus escritos encontramos la revelación de los más grandes misterios de nuestra fe. Para él, el amor de Cristo era la única verdad, la única solución. No viajó tanto como san Pablo, pero es igualmente imprescindible. Cómo me recuerda a nuestro querido papa Benedicto XVI, que cada vez que habla es para exaltar la importancia de Cristo y de su Amor.

No falta algún despistado que lamenta que Benedicto XVI no sea como Juan Pablo II. Qué bien se ve que no conocen a Benedicto XVI y hablan nada más por hablar. Siento que, si por ellos fuera, borrarían del Nuevo Testamento la figura de san Juan porque no fue como san Pablo. Y la Iglesia no sería la Iglesia sin el discípulo que conoció mejor el amor de Cristo.

EL OBSERVADOR 622-5

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EN LA ÓPTICA DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
Beato Juan XXIII (1959-1963): «el Papa bueno de los signos de los tiempos» (2 de 3)
Por el padre Umberto Marsich, m. x.

A 70 años de la Rerum Novarum, Juan XXIII sorprendió al mundo con su gran encíclica Mater et Magistra (MM), que abrió la cuestión social a un contexto de dimensiones planetarias. El Papa trata de actualizar los documentos ya conocidos de los Pontífices anteriores y dar un nuevo paso adelante en el proceso de compromiso de toda la comunidad cristiana. Una encíclica novedosa también en el método, más inductivo y abierto, de acercarse a la realidad social.

El mundo era notablemente diferente al de sus antecesores: el hombre había llegado a la luna; los pueblos de África y de Asia iban naciendo, con alegría y sangre, a la independencia; la organización de las Naciones Unidas, constituida en 1945 por 51 estados fundadores, alcanzaba ya 110 miembros libres; la distancia que separaba a ricos y pobres dividía a los pueblos en desarrollados y subdesarrollados; el hambre de centenares de millones de seres humanos se agravaba por un crecimiento demográfico exagerado; los barrios proletarios del mundo sustituían a las inmensas áreas agrícolas; se extendían por doquier las jornadas inhumanas, la paga insegura, el trabajo excesivo y desprotegido de la mujer y de los niños, la enfermedad, el analfabetismo, el empobrecimiento y la desesperanza.

El bien común

En este contexto tan contrastante nace la MM con sus conceptos de «socialización», de justa remuneración del trabajo, de bien común y de propiedad privada, entre otros. Por socialización el Papa entiende «la progresiva multiplicación de las relaciones de convivencia, con la formación consiguiente de muchas formas de vida y de actividad asociada, que han sido recogidas la mayoría de las veces por el derecho público o por el derecho privado» (59). La socialización es valorada positivamente por favorecer el cumplimiento de muchos derechos de la persona, sobre todo los económicos y sociales, evitando, desde luego, el peligro de reducir las libertades individuales. ¿Cómo? A través de la búsqueda, por parte de los gobernantes, del bien común, definido como «aquel que abarca todo un conjunto de condiciones sociales que permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección» (65), y en el respeto del reafirmado principio de subsidiariedad.

Justicia del salario

Juan XXIII constata que existe una situación lamentable de muchos asalariados, debido a una retribución injusta que los somete a una vida infrahumana: «El salario –escribe— no puede estar determinado ni por la libre competencia del mercado ni por arbitrio de los poderosos, sino que deben guardarse las normas de la justicia y equidad. Esto exige que los trabajadores cobren un salario cuyo importe les permita mantener un nivel de vida verdaderamente humano y hacer frente con dignidad a sus obligaciones familiares» (71).

En la MM se afirma también el derecho a la propiedad privada como un derecho contenido en la naturaleza humana. Pero no basta firmar este «derecho natural a la propiedad privada de bienes, incluidos los de producción, si al mismo tiempo no se procura con toda energía que se extienda a todas las clases sociales el ejercicio de este derecho» (113). El Papa resalta también el principio de que «al derecho de propiedad privada le es intrínsecamente inherente una función social» (119).

Asombro del mundo

El mundo recibió esta encíclica con asombro, indeciso entre el agradecimiento y el recelo. Los arzobispos de África publicaron una declaración de gratitud al Papa, mientras la prensa rusa interpretaba el documento como un intento de la Iglesia por recuperar el control de las masas de pobres, que la habían abandonado. Fue incuestionable, sin embargo, la voluntad del Papa de querer colaborar, con todos los hombres de buena voluntad, en la búsqueda de una convivencia más justa y más respetuosa de la dignidad de todos los individuos, en la verdad, la justicia y el amor.

EL OBSERVADOR 622-6

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PANTALLA CHICA
Despenalización para los que roban los huevos de tortugas
Por Mayela Fernández de Vera

En televisión se denuncia cuando algunos pescadores roban huevos de tortugas para venderlos. Así, vemos a humildes pescadores que, por necesidad económica, tratan de sacar un provecho de esta especie para comer. Esto se sanciona principalmente porque, al robarlos, se evita que nazcan esas crías y entonces la población de esa especie disminuye, dañando la cadena alimenticia y constituyendo un delito, ya que son especies que están en peligro de extinción, según la comunidad científica.

Sin embargo, las verdades están siendo manipuladas por los que tienen la facultad de hacer las leyes, por intereses económicos y egoístas. Se dice que, en el caso de los humanos, no debe haber penalización si se aborta un bebé antes de los tres meses, pues todavía no realiza todas las funciones inherentes a un ser humano, todavía no habla, no puede defenderse… ¿Entonces por qué penalizan a los pobres pescadores que roban los huevos de tortugas? ¡Todavía los huevos no parecen tortugas! Con los criterios que se aplican para el aborto, no cometen ningún delito los que roban estos productos ovíparos de los reptiles, puesto que todavía no se nota que serán tortugas, y aunque la secuencia del DNA (acido desoxirribonucléico) que las compone, contenga todas las bases acomodadas en la forma específica para una tortuga, pudiera ser que no fuera tortuga, tal vez es un estado imaginario e intermedio donde no se sabe qué es, aunque en el núcleo de sus células esté el número de cromosomas de la especie… Entonces, según los que legislaron a favor del aborto y la despenalización de éste: ¿ La tortuga sí es tortuga desde que está en la fase de huevo, y el ser humano no es más que un trozo de carne (con información genética inexistente) hasta que algunos legisladores quieran darle el nombre de «persona» por intereses egoístas y de dinero?

Un ser humano es humano desde la fecundación, en que se combina el material genético de la célula haploide de la madre, con el material de la célula haploide del padre, para formar una célula diploide, el huevo o cigoto, que es el primer estado del ser humano. Si no quieren tomar en cuenta el valor de la persona humana como ser espiritual, superior a la naturaleza, entonces apliquen los principios naturalistas que están ejerciendo para todas las especies. ¿Será que algunos legisladores, además de ética, necesitan un curso básico de genética?

Que nos expliquen por televisión en qué momento aparece el ser humano, en qué momento desaparece y luego, cómo vuelve a aparecer a partir de los tres meses.

EL OBSERVADOR 622-7

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COMUNICACIÓN
Diez principios para ir al cine

1.
Elige tu película a través de una orientación previa, ajena, por supuesto, a los reclamos publicitarios.

2. Procura verla el día, a la hora y con el estado de ánimo más propicio para su degustación.

3. Trata de ampliar cada vez más tus gustos por los diversos géneros, estilos y nacionalidades, contra la inercia de lo ya conocido.

4. No digas nunca esa tontería de que «yo voy al cine a pasarlo bien y distraerme porque bastantes problemas tiene ya la vida».

5. Mientras contemplas la película, trata de descubrir sus valores argumentales, estéticos, interpretativos y humanos.

6. Si puedes, cuando estés realizando tu propia rumia de la película —no antes—, trata de leer una crítica solvente que te ayude, en diálogo silencioso, a descubrir sus valores.

7. Mejor aún, comenta, si puedes, la película con los amigos, con la esposa, con los hijos, enriqueciendo y contrastando tu opinión con la de los otros.

8. Recomienda la película que a ti te ha gustado. No hay publicidad más eficaz que la de «boca a oído».

9. Tampoco te importe volver a ver una película, cuando te haya gustado mucho y veas que no la has abarcado.

10. Y, por fin, valora y agradece la capacidad creativa de los buenos directores, guionistas e intérpretes, que te han hecho disfrutar y te han enriquecido y hecho crecer como persona.

Zenit-El Observador

EL OBSERVADOR 622-8

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DICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA
Alfonso López Quintás (1928)
Por Sebastián Sánchez / Argentina

Fraile mercedario, filósofo y pedagogo español. Ordenado presbítero en 1951, el padre López Quintás realizó estudios universitarios en Salamanca (filología hispánica y rusa, y filosofía) y se licenció en filosofía en la Universidad de Madrid. Posteriormente amplió sus estudios en Munich, Roma y Viena, contándose entre sus maestros al egregio Romano Guardini. En el año 1962 se doctoró en Filosofía en la Universidad de Madrid.

Ha sido profesor en su alma mater, la Universidad de Madrid, además de la Complutense, la Pontificia de Comillas y la de Barcelona. Asimismo, es miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de Madrid, de «L'Académie Internationale de l'Art» (Berna) y Life fellow de la «Internacional Society of Philosophie» (Armenia).

En 1987, el P. López Quintás fundó la Escuela de Pensamiento y Creatividad, con vistas a enseñar a la juventud a pensar con rigor y vivir de forma creativa. Las diversas sedes de esta singular Escuela se distribuyen en España, Argentina, Brasil, México y Perú. En efecto, siempre muy cerca de Hispanoamérica, nuestro autor ha dedicado gran parte de su ministerio sacerdotal e intelectual a dos grandes pasiones: la vida moral y religiosa de la juventud y el efecto de la manipulación del lenguaje (y, por lo tanto, del pensamiento) a través de los medios de comunicación y de los ideológicos desvíos en la educación.

Mencionamos sólo algunas de las obras de este prolífico sacerdote: Romano Guardini y la dialéctica de lo viviente (1966), Diagnosis del hombre actual (1966), Filosofía española contemporánea (1970), El pensamiento filosófico de Ortega y d'Ors (1972), Estrategia del lenguaje y manipulación del hombre (1979), La juventud actual entre el vértigo y el éxtasis (1981), La revolución oculta. Manipulación del lenguaje. Subversión de valores (1998), La formación por el arte y la literatura (1993), Como formarse en ética a través de la literatura (1997), Literatura y formación humana (1997), Romano Guardini, maestro de vida (1998), El espíritu de Europa. Claves para una reevangelización (2000). Transcribimos a continuación un fragmento introductorio a su libro La revolución oculta. Manipulación del lenguaje y subversión de valores:

«Desde hace un tiempo, los pueblos occidentales están siendo agitados por una 'revolución oculta', que de modo solapado —apenas perceptible para multitud de personas— lleva a cabo una lenta e implacable alteración de la escala de valores. Esta subversión de valores encierra suma gravedad, pues no afecta solamente a ciertas concepciones de la vida sino a la calidad misma de nuestra existencia como personas.

«El presente libro tiene como meta poner al descubierto la verdadera intención de las tácticas manipuladoras. Para ello expondrá qué significa manipular, quién manipula, para qué lo hace y qué medios moviliza. Al descubrir los trucos manipuladores, superamos mil malentendidos y abrimos la posibilidad de llevar una vida auténticamente libre y creativa. La libertad es una tarea, no un don que pueda recibirse como un objeto. El primer quehacer del hombre que desea vivir libremente es inmunizarse contra todo género de ilusionismo mental o manipulación que intente envolverlo en la maraña del desconcierto espiritual. No es fácil esta tarea, porque la manipulación actual usa tácticas bastante refinadas y nos ataca desde dentro de nosotros mismos, alterando arteramente nuestros modos de pensar, nuestros criterios de conducta, nuestros ideales. Es un ataque por vía de asedio interior, que es el más difícil de repeler.


«Impresionado por la devastación que produjo en Europa la voluntad nacionalsocialista de someter a los pueblos, G. Bernanos afirma que el mundo sólo puede salvarse si cuenta con hombres libres. Esa libertad interior es destruida por la manipulación. Descubrir la gran trampa de la estrategia manipuladora es hoy día una tarea improrrogable».

EL OBSERVADOR 622-9

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A través de los ojos de la fe
Por monseñor José H. Gómez, arzobispo de San Antonio, Texas


Recientemente hemos escuchado noticias de supuestas estatuas que lloran, de un cuadro de la Virgen María que aparentaba sangrar, y hasta una imagen en un árbol que a algunos les parecía Jesús. Esas noticias han atraído a multitudes de curiosos y a otras personas buscando una manifestación de la presencia de Dios entre nosotros.

El anhelo por tener señales no es novedad. En el Evangelio de San Juan, después que Jesús transformó el agua en vino en las bodas de Caná, se le acercó un hombre que tenía un hijo enfermo. Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis» (Jn 4, 48).

Parece ser que a veces necesitamos señales externas dramáticas para creer que Jesús todavía está con nosotros y que tiene el poder de transformar y sanar nuestras vidas. Sin embargo, san Pablo en su carta a los Tesalonicenses nos advierte: «examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1 Tes 5, 21).

¿Cómo examinamos esas cosas? ¿Cómo sabemos que lo que vemos realmente viene de Dios? La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe ha establecido normas para ese discernimiento, y deja la responsabilidad y discreción de conducir una investigación al obispo local. El proceso es designado para determinar si lo que ha sucedido es algo realmente milagroso, comprobar la autenticidad de las personas que declaran el supuesto milagro, la solidez teológica de cualquier mensaje que es comunicado, y si el mensaje alienta a una respuesta espiritual positiva.

San Pablo también exhorta en la carta a los Tesalonicenses: «No extingáis el Espíritu». El hecho de que las personas dicen que creen ver las maravillas de Dios y de su Santísima Madre en esos eventos, una vez más, muestra qué tan intenso es el deseo que tienen las personas de ver las señales de Dios en su vida. Lo que la Iglesia propone no es silenciar ese deseo, sino ayudar a guiarlo hacia la verdad.

Anhelamos percibir la dulce fragancia del milagro en el cerro del Tepeyac, experimentar las aguas curativas de Lourdes y escuchar la voz de Nuestra Señora de Fátima. Es parte de nuestra naturaleza buscar lo milagroso en medio de lo ordinario. ¿Quién jamás se imaginaría que Dios podría ser encontrado en un pesebre? Sin embargo, debemos examinar lo que nuestros ojos ven, para asegurarnos de que lo que veneramos es verdadero y viene de Dios.

En el evangelio de San Juan, Jesús nos dice: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20, 29). Jesús está diciendo que se da cuenta de que nuestra fe es probada cada día. Él entiende lo difícil que es para nosotros tener la certeza que tuvo santo Tomás cuando dijo: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28).

En nuestra búsqueda por milagros que fortalezcan nuestra fe, no podemos olvidarnos de buscar en el Sacramento de la Eucaristía. San Francisco de Asís, comentando sobre lo que nuestros ojos ven cuando miramos a la Eucaristía, dijo: «Así como Jesús apareció a los santos Apóstoles en carne verdadera, Él quiere que lo veamos en el Pan Consagrado. Mirándolo con los ojos del cuerpo, vieron solo su Carne, pero, mirándolo con los ojos del espíritu, creyeron que Él era Dios. Así también nosotros, cuando miramos al pan y al vino con nuestros ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su Preciosísimo Cuerpo y su Preciosísima Sangre, viva y verdadera».

El reciente documento de los obispos de los Estados Unidos habla sobre cómo prepararnos para recibir la Sagrada Comunión. Al final del documento los obispos nos dicen: «Que siempre nos acerquemos a este misterio con la reverencia, admiración y amor debidos al Santo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, quien está entre nosotros y viene a habitar en nosotros, haciéndonos santos como Él mismo es santo».

Cada vez que vamos a Misa, cada vez que recibimos la Sagrada Comunión, podemos ver, con los ojos de la fe, la mayor aparición de todas. En estos tiempos de incertidumbre podemos tener la seguridad de que no estamos solos y de que Jesús cumplirá su promesa: «He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

EL OBSERVADOR 622-10

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JÓVENES

UN RELATO SOBRE EL ABORTO
Súplica al viento
Por Mariano González-Leal Messina

Por las noches escucho un canto melodioso perdido en la lejanía, cuyo eco se dispersa de la misma manera en que caen las hojas abandonadas a los caprichos del viento otoñal. Es un canto ahogado en suspiros. La voz, seguramente, proviene de un espíritu noble, que sin duda perteneció en vida a algún niño. Me han dicho que Dios permite que, bajo circunstancias extraordinarias, la voz de los muertos se deje escuchar en el mundo de los que aún habitamos la tierra, y este consentimiento lo otorga sólo a algunas personas, entre ellas, a todas aquellas a las que no se les permitió expresar su dolor en vida, a aquellas a las que no se les reconoció su derecho natural, aquél del que hablaban grandes hombres, como santo Tomás de Aquino o san Agustín de Hipona; derecho derivado de la justicia inmanente que prodiga el Señor, cuyos atisbos de luminosidad permean la escencia del ser humano, y en contra de los cuales algunos individuos luchan, sosteniendo batallas en todo contrarias al orden universal, propagando el mal e inclinando al espíritu a corromperse y a desviarse del camino del bien.

Ya mi alma se ha fundido en llanto con aquella ánima melancólica, pues, ¿sabes por qué sufre ésta última? Se duele porque nunca pudo mostrarle a su madre cuánto la amaba, y cuánto le agradecía la alimentación y el cobijo que ella le prodigaba. El niño vivió poco tiempo, pero cada minuto, cada hora, cada día que estuvo en contacto con aquella que le dio la vida, fue feliz, y la amó, en verdad la amó. Para ella eran sus oraciones, para ella eran sus bendiciones y sus mejores deseos. Ella era su hogar, ella era su sustento, y él era una extensión espiritual y carnal de aquélla.

Mas en el momento menos pensado, una ocasión a todas luces imprevista para el inocente, la madre pretende convertirse en juez divino, y decide que su hijo debe morir, y éste no logra comprender el motivo de aquella decisión, mas el niño aún no puede hacerse escuchar; no puede expresar sus temores y sus sentimientos; sólo acepta la sentencia fatal y arbitraria dictada en su contra. ¿Puede el inocente recurrir a alguien para ser auxiliado? No; aquél ángel se encuentra desvalido, y acata la resolución; acepta pagar por un pecado que nunca cometió, o por algún crimen que jamás perpetró. Y el juez se hace auxiliar por el verdugo. El procedimiento no importa para el primero, éste sólo busca el resultado, únicamente busca matar. El niño, que es puro, y que no tiene aún ninguna mácula mundana que lo envilezca dirige, antes de perecer, una oración al cielo, abogando por el alma de su asesina y agradeciendo aún el poco tiempo que le permitió ella vivir, pues durante aquel pequeño período, el primero disfrutó del enorme gozo que otorga la sensación de amar a la mujer en cuyo seno habitó.

El método letal ha consumado su última instancia: el niño ha perecido y su ánima se ha elevado al cielo, donde es aguardada por una Madre y un Padre amorosos, que le demostrarán incondicionalmente su cariño. Aún así, ruega aquel espíritu la venia de Dios para clamar por todos aquellos pequeños que, como él, han sido y serán traicionados por las mujeres cuyo cuerpo es el vehículo mediante el cual el Señor se vale para que vengan al mundo; a este valle de lágrimas.

Sí, amigo mío. Aquella melodía que se funde en sollozos busca ser escuchada por todas las mujeres que contemplan, como solución egoísta, asesinar inocentes indefensos, cubriéndose con el ropaje que el existencialismo y el nihilismo más cómodo proporcionan al ser humano, refugiadas en el más absurdo de los relativismos morales.

EL OBSERVADOR 622-11

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INTIMIDADES –LOS JÓVENES NOS CUENTAN-
Tengo un amigo deprimido
Por Yusi Cervantes Leyzaola

PREGUNTA
Tengo un amigo que se deprime constantemente e incluso piensa en el suicidio, se siente muerto en vida y no sé cómo ayudarlo.


RESPUESTA
El cariño y apoyo de los amigos son fundamentales para cualquier ser humano, pero hay un límite para lo que los amigos pueden hacer. Cuando se trata de una depresión leve, el consejo, la compañía y el afecto de los amigos pueden ser suficientes para ayudar a la persona a superar esa depresión. Pero llega un punto en que los amigos son insuficientes y se requiere de ayuda profesional. Me parece que ese es el caso de tu amigo. Lo que yo te recomiendo, cuanto antes mejor, es que lleves a ese amigo con un psiquiatra. Con personas que piensan en el suicidio no podemos correr riesgos. Y si, además, se deprime constantemente y se siente muerto en vida, todo parece indicar que estamos hablando de una depresión profunda y que tu amigo va a requerir de la ayuda de un fármaco antidepresivo. Es un caso para ser atendido por un psiquiatra, no por un psicólogo, a por un psicólogo apoyado en ínter consulta por un psiquiatra.

Tu amigo no está en condiciones para tomar decisiones correctas, así que es probable que tengas que intervenir con algo más que una sugerencia. Procura el apoyo de otros amigos y de su familia. Ayúdenle económicamente para que pueda atenderse. Sácale la cita, si es necesario, y acompáñalo. Más de un suicidio pudo haberse evitado si las personas cercanas a la persona se hubieran comunicado e intercambiado sus inquietudes respecto al familiar /novio(a) /amigo(a) deprimido y hubieran hecho algo por ayudarle. No es que en realidad el suicida no quiera la vida; si encontrara el camino para sentirse pleno en ella, no se la quitaría. El llamado de la vida es apremiante, pero la persona deprimida no es capaz de escucharlo con claridad, al menos temporalmente. Cabe pensar que tu amigo no está pensando con claridad, que su voluntad esté limitada por lo bajo de su ánimo y que necesita ayuda para salir de la oscuridad en la que se encuentra.

EL OBSERVADOR 622-12

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CARTAS A EL OBSERVADOR
Solteros del Ave María es una buena opción

Estimada licenciada Cervantes:

Acabo de leer la carta de la mujer que le escribió a El Observador de esta semana, y la respuesta que usted le da es muy atinada y respeta la dignidad de la persona. Es una magnífica ayuda la que usted presta, pero ahora he pensado que a lo mejor no se ha enterado de un sitio católico que hay por internet, en español, en el que se puede una inscribir y, si Dios ayuda, encontrar una relación con alguien que, como todos los que forman parte del sitio, tienen en común la misma fe católica y los mismos valores acerca de la vida.

El sitio es Solteros del Ave María (SAM) (www.solterosdelavemaria.com), y yo creo que a personas como ella les serviría intentar encontrar ahí un hombre que la quisiera y la respetara, y más acorde con su edad. Pienso que muchas veces el entorno en que una se mueve no favorece el conocer a personas confiables para establecer una relación seria, y, sobre todo en estos tiempos, es válido recurrir a los diversos recursos que ofrecen esta posibilidad para alcanzar lo que pretendemos.

Y conste que no es propaganda pagada. Yo he experimentado la eficacia del sitio correspondiente en inglés, y creo que sería muy útil que muchas personas conocieran SAM, cuya sede está en Perú. ¡Ah, y algo interesante! Hace tiempo salió en ACI Prensa la noticia de que los papás del papa Benedicto XVI se conocieron por medio de un anuncio que puso el Sr. Ratzinger en un periódico católico de su pueblo, en Alemania., y aunque la primera vez no hubo respuesta, a la segunda contestó la que llegaría a ser su esposa y madre de sus tres hijos. Atentamente,

Ma. Leticia

EL OBSERVADOR 622-13

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FIN

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